Pero los resultados fueron asombrosos: el cáncer desapareció en todos y cada uno de los pacientes, indetectable tanto en el examen físico como en las endoscopias, tomografías y resonancias magnéticas. “Creo que es la primera vez que ocurre en la historia de la lucha contra el cáncer”, dice Diaz. Así que los pacientes que aceptaron participar del estudio pensaron que al terminar los ensayos tendrían que someterse a esos procedimientos, porque ninguno creía realmente que sus tumores desaparecerían. En el 10% de los participantes del ensayo, los tumores desaparecieron por completo. Cercek había notado que la quimioterapia no ayudaba a una parte de los pacientes que tenían las mismas mutaciones genéticas de los pacientes del ensayo de 2017.

NUEVA YORK (The New York Times).— Se trató de un ensayo pequeño, sobre apenas 18 pacientes con cáncer de colon, y a todos les administraron la misma droga experimental.

Pero los resultados fueron asombrosos: el cáncer desapareció en todos y cada uno de los pacientes, indetectable tanto en el examen físico como en las endoscopias, tomografías y resonancias magnéticas.

El doctor Luis A. Diaz Jr., del Centro de Oncología Sloan Kettering —también autor del informe con los resultados que fue publicado ayer en la revista científica New England Journal of Medicine y que contó con el patrocinio de la empresa farmacéutica GlaxoSmithKline—, dice que no conoce ningún otro estudio de un tratamiento que haya borrado por completo los rastros del cáncer en todos los pacientes analizados. “Creo que es la primera vez que ocurre en la historia de la lucha contra el cáncer”, dice Diaz.

El doctor Alan P. Venook, un especialista en cáncer colorrectal —colon y recto— de la Universidad de California en San Francisco, quien no participó del estudio, también cree que es la primera vez que se obtienen resultados tan sorprendentes.

Una remisión total en todos los pacientes “es algo inaudito”, dice Venook.

Los pacientes con cáncer colorrectal suelen ser sometidos a tratamientos invasivo y cruentos: quimioterapia, rayos, y sobre todo cirugías que dejan secuelas de por vida, desde disfunciones intestinales y urinarias hasta sexuales. Algunos incluso necesitan usar bolsas de colostomía.

Así que los pacientes que aceptaron participar del estudio pensaron que al terminar los ensayos tendrían que someterse a esos procedimientos, porque ninguno creía realmente que sus tumores desaparecerían.

Para sorpresa de todos, no necesitarán ningún otro tratamiento.

“Hubo muchas lágrimas de alegría”, dice la doctora Andrea Cercek, oncóloga del Centro de Oncología Sloan Kettering y también coautora del estudio, que fue presentado ayer en la conferencia anual de la Sociedad de Oncología Clínica de Estados Unidos.

Otra sorpresa, agrega Venook, es que ninguno de los pacientes tuvo complicaciones clínicas importantes durante el tratamiento.

En promedio, uno de cada cinco enfermos oncológicos suele manifestar alguna reacción adversa al tipo de fármacos que recibieron estos pacientes —en este caso, el dostarlimab— conocidos como “inhibidores de punto de control inmunitario”. Los pacientes recibieron la nueva droga cada tres semanas durante seis meses, con un costo de alrededor de 11.000 dólares por dosis. La droga desenmascara las células cancerosas y permite que el sistema inmunológico las identifique y las destruya.

Aunque la mayoría de las reacciones adversas a los “inhibidores de los puntos de control” son fácilmente manejables, entre un 3% y un 5% de los pacientes que los toman sufren complicaciones más graves, como debilidad muscular y dificultades para masticar y tragar.

Si no hay efectos colaterales importantes “eso implica que el ensayo clínico no incluyó a suficientes pacientes, o que de alguna manera esos cánceres eran totalmente distintos a los demás”, dice Venook.

En el editorial que acompaña la publicación de los resultados, la doctora Hanna K. Sanoff, del Centro de Oncología Lineberger de la Universidad de Carolina del Norte, califica el estudio de “pequeño, pero convincente”, pero aclara que no hay certeza de que los pacientes están “curados”.

“No sabemos cuánto tiempo tiene que pasar hasta poder confirmar que esa respuesta clínica total a la droga dostarlimab equivale a una cura”, dice la doctora Sanoff en su editorial.

La doctora Kimmie Ng, experta en cáncer colorrectal de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, dice que si bien los resultados son “notables” y “sin precedente”, es necesario replicarlos con otros ensayos.

El origen de la idea

La idea de realizar este estudio del cáncer de colon proviene de un ensayo clínico previo, dirigido por el doctor Díaz en 2017 y financiado por el laboratorio farmacéutico Merck. De aquel ensayo participaron 86 personas con cáncer metastásico con origen en distintas partes de sus cuerpos. Pero todos esos cánceres compartían una mutación genética que impedía que las células repararan el daño al ADN. Esas mutaciones aparecen en el 4% de todos los pacientes con cáncer.

Los pacientes de aquel ensayo tomaron un inhibidor de puntos de control fabricado por Merck, el pembrolizumab, durante un máximo de dos años. Los tumores se redujeron o estabilizaron en entre un 30% y un 50% de los pacientes, cuya sobrevida también se prolongó. En el 10% de los participantes del ensayo, los tumores desaparecieron por completo.

Eso llevó a la doctora Cercek y al doctor Díaz a preguntarse lo que ocurriría si el tratamiento se aplicara mucho antes en el curso de la enfermedad, antes de que el cáncer tuviera la oportunidad de propagarse.

Se decidieron por un estudio de pacientes con cáncer de colon localmente avanzado, tumores que se habían diseminado en el recto y en algunos casos a los ganglios linfáticos, pero no a otros órganos. Cercek había notado que la quimioterapia no ayudaba a una parte de los pacientes que tenían las mismas mutaciones genéticas de los pacientes del ensayo de 2017. En lugar de achicarse durante el tratamiento, sus tumores rectales crecían.

Entonces se les ocurrió que la inmunoterapia con un inhibidor de puntos de control permitiría que esos pacientes evitaran la quimioterapia, la radiación y la cirugía.

Díaz se puso en contacto con las farmacéuticas que fabricaban inhibidores de puntos de control para que financiaran un pequeño ensayo. Pero lo rechazaban diciendo que el ensayo clínico entrañaba demasiado riesgo: Diaz y Cercek querían administrarle el medicamento a pacientes que tal vez podían curarse con un tratamiento estándar. Lo que proponían los investigadores podía terminar permitiendo que los cánceres crecieran más allá del punto en el que podrían curarse con una terapia convencional.

“Es muy difícil modificar el estándar de atención y cuidado médico —dice Díaz—. Toda la maquinaria de tratamiento estandarizado te empuja hacia la cirugía y el quirófano.”

Finalmente, consiguieron el patrocinio de Tesaro, una pequeña empresa de biotecnología. Pero poco después Tesaro fue comprada por GlaxoSmithKline, y Díaz tuvo que recordarle a esa gigante farmacéutica que estaban haciendo el estudio: los ejecutivos de la compañía casi se habían olvidado del pequeño ensayo que Díaz tenía en marcha.

El primer paciente fue Sascha Roth, de 38 años, que en 2019 había notado un poco de sangrado rectal, pero que por lo demás se sentía bien: salía a correr como todos los días y trabajaba en el negocio familiar en Bethesda, Maryland.

Roth recuerda que cuando le realizaron una sigmoidoscopia, su gastroenterólogo dijo: “Ay, ay. ¡Esto no me lo esperaba!”

Al día siguiente, el médico la llamó: habían biopsiado el tumor, y “definitivamente es cáncer”, le dijeron.

“Me derrumbé totalmente”, recuerda Roth.

Al poco tiempo ya tenía turno para arrancar con la quimioterapia en la Universidad de Georgetown, pero un amigo insistió en que primero viera al doctor Philip Paty, del Centro Sloan Kettering donde trababan Diaz y Cercek. El doctor Paty le dijo que estaba casi seguro de que su cáncer incluía la mutación que hacía poco probable que respondiera bien a la quimioterapia. La buena noticia era que Roth era elegible para participar en el ensayo clínico. De haber empezado con la quimio, nunca habría participado del ensayo.

Como no esperaba que la eficacia del dostarlimab fuese absoluta, Roth ya había planeado mudarse a Nueva York para recibir radiación, quimio, y posiblemente someterse a una cirugía tras concluir el ensayo. Para preservar su fertilidad después del esperado tratamiento de radiación, le extirparan los ovarios y se los volvieron a colocar debajo de las costillas.

Al concluir el ensayo con dostarlimab, la doctora Cercek le dio la noticia.

“Analizamos tus tomografías”, le dijo. “Y no hay cáncer en absoluto”. Roth no necesitó ningún tratamiento adicional.

“Cuando le conté a mi familia, no me creían”, dice Roth.

Y dos años después, sigue sin el menor rastro de cáncer.

(Traducción de Jaime Arrambide)

Por Gina Kolata

The New York Times

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