Mientras, en la transitada vereda de enfrente, al persistente Sergio Massa le acaba de saltar la mala noticia de Daniel Scioli.

A 14 meses del cónclave de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) y a 16 de la primera vuelta presidencial, sobran los cardenales, pero falta un papable claro. Todo está tan revuelto –desde las internas feroces en las alianzas principales hasta la inclinación de parte de la sociedad hacia una tercera opción aún desdibujada, pasando por una economía en terapia intensiva y un mundo que mete miedo–, que hasta Cristina Kirchner y Mauricio Macri se atreven a lanzar globos de ensayo hacia la atmósfera.

En el medio, busca su lugar a los codazos Horacio Rodríguez Larreta, a quien Patricia Bullrich le advierte que quien llega al cónclave como papa sale como cardenal .

Mientras, en la transitada vereda de enfrente, al persistente Sergio Massa le acaba de saltar la mala noticia de Daniel Scioli.

A un costado, Javier Milei se va deshilachando en la medida en que abre la boca y expone la curiosa habilidad de las personas dotadas para decir tres o cuatro sandeces en una sola oración.

Último ejemplo de lo anterior fue su cuasiprofesión de fe judía en base a un pasaje bíblico que le contaron mal y sin que mediara –que se sepa– promesa alguna de circuncisión.

Volviendo a la vicepresidenta, no se sabe si habla como precandidata u, otra vez, como king/queen maker. Lo cierto, con todo, es que se esfuerza en mostrar su total ajenidad con la gestión que ayudó a elegir y en detallar sus puntos de desacuerdo, todo un programa de gobierno en contraste con el de Alberto Fernández.

Hoy, el cristinismo busca imponerle al vapuleado Martín Guzmán un salario básico universal que, como informó Letra P, tendría un costo fiscal inicial de 2,1% del producto bruto interno (PBI), que caería a 0,7% al absorber otras prestaciones sociales y al ser financiado con el ahorro en subsidios energéticos que, cabe recordar, ese sector deploraba hasta ayer nomás. El problema es que esto último forma parte de la austeridad prometida al Fondo Monetario Internacional (FMI) para cerrar el año con un rojo presupuestario de 2,5% del PBI, de por sí difícil de alcanzar debido a la explosión de gasto registrada en mayo.

Hay que reconocerle a Cristina honestidad intelectual en la medida en que no oculta nada de su pensamiento, aun cuando mucho de lo que dice resulta algo extravagante y, para un sector medio considerable, probablemente piantavotos. Quita el aliento que la dirigente más potente –en muchos sentidos– de la Argentina aún discuta si el déficit fiscal y la emisión monetaria son dos de las causas de la inflación. Asimismo, que describa como virtuosa una política que forzaba a importadores de partes de artículos electrónicos a compensar su demanda de divisas con exportaciones de calamares y merluzas. Más allá del caso puntual, supuestamente exitoso, al que aludió en su último discurso en Avellaneda, es sabido que la “doctrina Guillermo Moreno” consistía en hacer la vista gorda ante compradores de insumos que se asociaban con firmas exportadoras para hacer figurar como propias –simplemente eso– ventas al exterior que existían desde antes y que no sumaban nada al comercio del país. Una engañapichanga consentida, bah.

Otro que dice lo que piensa es Milei, pero en el camino va dejando jirones de su intención de voto.

Los presidenciables de Juntos por el Cambio (JxC), al revés de Cristina y del minarquista, se limitan a hacerse aplaudir cuando juegan de locales, como le ocurrió esta semana a Macri en La Biela.

Mientras, apenas balbucean frases sobre reformas laborales y jubilatorias, para callar inmediatamente. Sin embargo, se sabe que el equipo que trabaja para Macri y para Larreta piensa en un ajuste veloz del gasto, en las reformas mencionadas y en modificaciones tributarias a favor de las empresas y los sectores más ricos.

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Así las cosas, lo de Cristina parece puro presente, en clave de supervivencia, además y lo de la oposición es la ilusión de una tierra prometida que, como Moisés –gracias por traerlo a nuestra memoria, Javier–, jamás veremos.

–¿Cómo era que se refería usted a ese fenómeno, lord Keynes?

–A largo plazo todos estaremos muertos.

–Muchas gracias. Nunca más oportuno.

Presente poco esperanzador –la experiencia 2011-2015 no fue tan virtuosa como dice Cristina, con una pobreza que terminó en 30%– o futuro improbable: no pueden ser esas las únicas opciones de la Argentina. ¿Hay, entonces, quién llene esa brecha y plantee una mirada de corto y mediano plazo que no dañe a la gente más de lo que ya está y que, a la vez, permita soñar con ver un mañana mejor para quienes ya viven?

Si se hace un esfuerzo grande, podría pensarse que el dúo Fernández-Guzmán intenta recorrer ese camino. Por un lado, tratando de ordenar una macroeconomía caótica de modo gradual y, por el otro, planteando una agenda ambiciosa de desarrollo en Vaca Muerta, capaz de resolver, en algunos años, la escasez de divisas que ha atenazado de manera crónica la economía. Sin embargo, eso que se ve puede resultar pura imaginación dados los magros resultados estabilizadores del programa en curso –con una inflación que ya apunta al umbral del 80% e ingresos que van irremediablemente a la zaga de los precios– y, sobre todo, la falta de una narrativa que dé cuenta de la búsqueda del desarrollo.

No basta con mencionar la palabra “desarrollo” cada tanto y sin precisiones. Para convencer de que es posible, de que ciertos esfuerzos valen la pena y de que estos deben distribuirse con equidad, hace falta una narrativa elaborada, una épica incluso, algo que está totalmente fuera de la retórica oficial a falta de resultados y decisión de confrontar hacia afuera, pero también hacia adentro. Fernández es, en este sentido, como Fernando VII: un rey ausente.

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Es imposible cabalgar sobre el potro brioso que es la sociedad argentina sin molestar. Que Cristina no se enoje. Que los sectores medios de mentalidad –digamos por ser amables– moderada no repudien. Que ni se hable de una reforma tributaria progresista y capaz de financiar mejor un Estado pretendidamente social para el que hoy no alcanzan recursos. Que “el campo” no se altere si se habla de retenciones. Que el ala infantil del ambientalismo –ese que quiere convertir al país en una reserva natural, plena de habitantes felizmente cubiertos con hojas de parra sobre sus verijas y sin minería, petróleo, gas, producción intensiva de proteínas animales y de cultivos transgénicos ni generación de divisas– tampoco se aleje del todo… Así es muy difícil pensar el desarrollo.

A los problemas propios, a la pobreza, a ingresos enclenques, a la inflación, al Banco Central que –en plena temporada alta de la soja– pierde reservas en vez de acumularlas, a los desequilibrios macro y a las reyertas políticas, el mundo suma un escenario hostil.

La artillería cesará en algún momento en Ucrania, pero el conflicto geopolítico entre la OTAN y Moscú persistirá y, con él, la desconexión energética de Europa respecto de Rusia. La reconstrucción del país invadido llevará tiempo –solo el desminado de los puertos, unos seis meses– y la presión sobre los mercados de energía y alimentos parece destinada a prolongarse. Por si eso fuera poco, la inflación hecha de megaemisión durante el Gran Confinamiento augura años de tasas de interés altas en Estados Unidos, actividad global débil o recesiva y dólar alto, amenaza para materias primas que hoy se sostienen en cotizaciones altas solo por la guerra. ¿Quién piensa el desarrollo argentino en un ambiente tan confuso y ácido?

Estos días son un desquicio para el Presidente: tercerista ante los BRICS y Vladímir Putin, prooccidental ante el G7. ¿Le creerá alguien a esta altura?

Nunca hay que perder el optimismo: con suerte, esta sociedad atravesará estas zozobras como lo ha hecho tantas veces, al menos si da de comer a quienes rezaga y alienta a los sectores privilegiados a la debida realización de mamografías y antígenos prostáticos. Sin embargo, humoradas agrias aparte, el optimismo necesita de un combustible volátil: la esperanza.

Que alguien, por favor, empiece a hablar de futuros mejores y alcanzables.

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