Aun en un país donde se naturalizan las acciones en los márgenes de la ley, no es concebible tamaña trampa política en busca del control de un órgano constitucional. No podía digerir la derrota que veía en torno de la Magistratura y, menos, que la Corte Suprema de Justicia osara derribar la configuración del Consejo surgida de una ley que ella misma propició en 2006. El problema es que -frente una sociedad poco avisada o anestesiada- las trampas políticas son el reflejo del desprecio por las instituciones y su manoseo. Así, naufragan o se paralizan organismos necesarios para el control de los actos de gobierno y los límites al abuso del poder. Al kirchnerismo le sobrará ingenio, pero le falta aprecio por las instituciones y la independencia de poderes.

El kirchnerismo fraguó una artimaña que, por si fuera poco, el presidente de la Nación convalida.

Aun en un país donde se naturalizan las acciones en los márgenes de la ley, no es concebible tamaña trampa política en busca del control de un órgano constitucional. Y estamos hablando del Consejo de la Magistratura, el cuerpo que designa y sanciona jueces. Nada menos.

En vista de que para Cristina Kirchner y su grey el control del Consejo es clave, pues directamente imagina el dominio de la Justicia -y el de los jueces en particular en momentos en que a ella misma le urge aventar causas de corrupción que la tienen como imputada-, la vicepresidenta da órdenes a los senadores que deben ser acatadas mostrando un fingido quiebre funcional del bloque oficialista. No podía digerir la derrota que veía en torno de la Magistratura y, menos, que la Corte Suprema de Justicia osara derribar la configuración del Consejo surgida de una ley que ella misma propició en 2006.

En su desesperación por evitar esta derrota, apeló a varias argucias, entre ellas la absurda de apelar a un diputado de Paraná para que se presente ante un juez y le pida que le ordene al Congreso no designar a los representantes en el Consejo de la Magistratura, como dictaminó la Corte. Y ese magistrado abrió su despacho el feriado de Pascuas para bloquear el avance de la Corte Suprema, como pidió Cristina.

La trampa no funcionó, ahora llegó esta otra de mayor ingenio, planeada de algún modo para que sortee demandas legales y no resulte tan evidente la desobediencia a la decisión del tribunal supremo de designar a sus representantes, como los Kirchner acostumbran a hacer desde la época en que gobernaban Santa Cruz: llevan 25 años infringiendo la orden de la Corte de reponer en su cargo al destituido Procurador de Santa Cruz, Eduardo Sosa.

El problema es que -frente una sociedad poco avisada o anestesiada- las trampas políticas son el reflejo del desprecio por las instituciones y su manoseo.

Así, naufragan o se paralizan organismos necesarios para el control de los actos de gobierno y los límites al abuso del poder. Es el caso de la demorada designación desde hace 13 años del Defensor del Pueblo de la Nación, de la tardanza en designar al Procurador que propuso el propio Alberto Fernández, y ahora de estos ardides que siguen paralizando al Consejo de la Magistratura.

Al kirchnerismo le sobrará ingenio, pero le falta aprecio por las instituciones y la independencia de poderes.

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