Fernández dejaba jirones de su ya devaluadísimo poder en esa jugada desesperada. Formalmente, el jefe de Gabinete es el funcionario con facultades para administrar los recursos del Estado.

La salida que le había encontrado -¿la que había tenido que aceptar?- el presidente Alberto Fernández al laberinto en el que lo metió la renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía representaba la fórmula para cerrar, al menos transitoria, rudimentariamente, la grieta interna que había dejado en punto muerto a su gobierno y a él mismo en una situación de dramática fragilidad.

Con el ofrecimiento a Sergio Massa para asumir como jefe de Gabinete -el primer ministro que Juan Manzur no fue-, que venía en combo con Marco Lavagna como titular del Palacio de Hacienda hasta el batakazo que puso en ese sillón a Silvina Batakis, el jefe de Estado salía por arriba de ese laberinto estrecho y embarrado, lograba poner de nuevo en marcha su administración y lo hacía con la venia de la socia mayor de la coalición, Cristina Fernández de Kirchner -intentó prescindir de ella hasta que le sonó el teléfono rojo en la noche aciaga de Olivos-. El problema era cómo salía.

Fernández dejaba jirones de su ya devaluadísimo poder en esa jugada desesperada. Entregaba, en buena medida, la maldita lapicera. Formalmente, el jefe de Gabinete es el funcionario con facultades para administrar los recursos del Estado. Políticamente, en este escenario de ultradebilidad del que tiene la banda, Massa, con su perfil por las nubes, su capacidad para operar en los medios y sus ambiciones personales, era un gigante que proyectaría una sombra demasiado densa sobre la investidura presidencial.

Además, en estos dos años y medio de rodaje del Frente de Todos en el poder, Massa actuó y sobreactuó su rol de cardenal Samoré, de garante de la gobernabilidad interna, pero se sabe: construyó su sociedad política más sólida con CFK, fundamentalmente a través del subcomandante Máximo.

Como fuere, la economía según Alberto es un ciclo terminado, aun con Batakis o quizá más todavía, porque quedaba por verse si la dupla Massa-Lavagna estaba dispuesta a cerrar la fase moderada del peronismo todista, como pidió el lanzallamas cristinista Larroque, y abrir una que satisficiera el paladar K o pretendería hacer, finalmente, su soñada avenida del medio.

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El 19 de junio, Marcelo Falak escribió: “Las 14 cuadras de Hipólito Yrigoyen que separan el Ministerio de Economía del Congreso –15 si se camina por Rivadavia para incluir la Casa Rosada en el itinerario– albergan a buena parte del funcionariado nacional. Como si en el Gobierno no hubiera ‘diferencias naturales que es sano plantear’, los diálogos que se dan en esos edificios han sido unánimes en los últimos días en hacer notar la ofensiva del titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, ya no por elevar su perfil, sino por hacerlo con la mira puesta en el Palacio de Hacienda. Esos comentarios expresan la sospecha de que el tigrense pretende hacer pie en ese sitio para, con poderes ampliados, convertirlo en su desembarco en Normandía, cabecera de playa que hoy entiende fundamental para mantener vivo su sueño presidencial”.

Durante la jornada frenética del domingo, los aliados marcharon, pero el desembarco, al menos hasta el cierre de esta nota, estaba suspendido.

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