Ese malestar sigue latente y no podemos ignorarlo”, aseguró Boric el domingo para reafirmar la principal carta que pondrá sobre la mesa:

Por más que las encuestas lo anticipaban y que el gobierno lo esperaba, el contundente triunfo del rechazo en el plebiscito constitucional del domingo en Chile impactó con fuerza sobre el presidente Gabriel Boric, quien convocó al diálogo y realizó su primer cambio de gabinete con la salida de dos de sus figuras más importantes para retomar la iniciativa e insistir en el abandono de la herencia de la dictadura. Con este nuevo escenario y aún sin una hoja de ruta clara, apela al Congreso para alcanzar acuerdos bajo una premisa: con la propuesta por la Convención Constituyente no alcanza, pero con la carta magna de Augusto Pinochet no se puede.

“Recojo con mucha humildad este mensaje y lo hago propio. No olvidemos por qué llegamos hasta aquí. Ese malestar sigue latente y no podemos ignorarlo”, aseguró Boric el domingo para reafirmar la principal carta que pondrá sobre la mesa: la población quiere una nueva constitución, pero no la que se votó el último fin de semana. Así lo mostró el plebiscito de entrada, cuando el 78% votó a favor de redactar una nueva carta magna y el resultado del fin de semana, cuando el 62% rechazó el texto propuesto. La ministra de la Secretaría General del gobierno, Camila Vallejo, habló de una “segunda oportunidad” y la derecha se comprometió a cumplir su promesa de acompañar un nuevo proceso.

Luego de una primera reunión de consenso con Boric, el presidente de la Cámara de Diputados, Álvaro Elizalde, confirmó que el mandatario le pidió al Congreso desarrollar “un camino institucional para avanzar en el proceso constituyente”. En diálogo con Letra P, el sociólogo, investigador de la Fundación Nodo XXI y coautor de un libro sobre el proceso constituyente Sebastián Caviedes consideró que el principal desafío de esta nueva etapa será lograr que el proceso pueda “anclar las definiciones respecto a los cambios sustantivos que exige el país” para conseguir que la ciudadanía “haga propio” el texto. “La responsabilidad de la política tiene que ver con construir un proceso que no vaya a dejar afuera esos anhelos”, agregó. “El desafío no es tanto qué tan avanzado es el texto, sino que logre conectar con la sociedad”, profundizó.

Uno de los nuevos problemas será que, a partir de ahora, la nueva constitución chocará contra una de las demandas más fuertes del estallido social de 2019: el deseo de acabar con la política tradicional para generar nuevas voces, actores e instituciones capaces de representar a una sociedad hastiada del neoliberalismo heredado de la dictadura. En 2020 el 79% rechazó que el órgano redactor sea una convención mixta que estuviera compuesta en un 50% por bancas del Poder Legislativo y cuando se eligieron los 155 asientos de la Convención Constituyente, las fuerzas independientes y de izquierda fueron las más votadas en detrimento de los partidos tradicionales y la derecha. Ante los 40 años de inmovilidad, se optó por lo nuevo, pero ante lo que acaba de ocurrir, se vuelve al camino conocido, en el que la tradición y el conservadurismo son más fuertes.

“Para Boric es una derrota porque ahora la pelota y la iniciativa quedan del lado de la derecha y el rechazo, que tienen mayorías en el Congreso”, aseguró Caviedes. Este, de todas maneras, aclaró que estos grupos políticos también tendrán un problema de cara al futuro: “La amplitud del triunfo es una desafío para la derecha, que debe proponer algo y no solo rechazar lo que se había propuesto”. “No seguir con el proceso constituyente sería no hacerse cargo de la crisis que sigue su curso en Chile”, remarcó. El domingo, la derecha no ganó la elección ya que no hay una relación directa entre el “no” y sus candidaturas ya que, a pesar de todo, la sociedad demanda un cambio constitucional. El quid de la cuestión es qué cambio, un punto que, alertó Caviedes, podría generar internas en dicho bloque.

A partir de ahora, el camino para las instituciones será desafiante por dos motivos principales. Primero, porque lo que entregará ya no será un proyecto de constitución nuevo –como lo habría ocurrido con el de la Convención–, sino modificaciones y retoques a la actual, algo que ya pasó durante los últimos años y que no permitió abandonar de forma completa la herencia de la dictadura. Segundo, porque dichos cambios serán menos ambiciosos que los que se plebiscitaron el domingo. Será muy difícil que las fuerzas del cambio logren declarar, por ejemplo, a Chile como un Estado plurinacional o establecer la eliminación del Senado en un Poder Legislativo en el que la derecha tendrá 52 bancas en la Cámara Baja y otras 24 en la Alta, a los que se sumarán los sectores más titubeantes que también promovieron el rechazo. A medida que la victoria del “no” se anticipaba en las encuestas, la coalición conservadora Chile Vamos reafirmó su disposición a discutir cambios en el Congreso ante la certeza de que podrá controlarlos y limitarlos de una manera más clara.

Durante las próximas semanas, estos desafíos generarán el temor a un nuevo fracaso. “Hay que construir un nuevo texto que conecte con la situación social porque, si no, la crisis se volvería un espiral”, afirmó Caviedes.

En 2016, Colombia plebiscitó el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) y ganó el rechazo. Meses después, el gobierno optó por homologarlo, con algunos cambios, a través de un acuerdo entre las partes, sin el voto popular. ¿Hará lo mismo Chile? Todavía no se sabe, pero los desafíos políticos de cada uno de los bloques, la necesidad de recurrir a las instituciones antes criticadas y la obligación de construir el camino constitucional en el momento ante la falta de antecedentes nacionales generarán un temor que solo se podrá abandonar cuando el futuro constituyente del país se confirme.

El domingo, la nueva constitución sufrió un revés muy duro, pero no murió. En vez de llegar a una calle sin salida, encontró un desvío obligatorio que aún no se sabe dónde ni cómo acabará, pero que está en construcción.

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