Es sábado al mediodía en Avellaneda y Nazca, el arranque de un paseo donde compra cada vez más la clase media. Realmente conviene”, admite el platense, que usa Adidas en los pies pero no teme a la ausencia de logo en el cuerpo. Todo está a entre un quinto y la mitad de precio de lo ofrecido en la calle Florida o la avenida Santa Fe.​Los precios en la avenida Avellaneda son mucho más bajos que en otras arterias comerciales de la Ciudad. También en la boca de los vendedores: “En la semana hay venta al por menor pero con recargo”, aclara quien atiende un local de Bogotá casi Nazca. En ese rectángulo, en la práctica más difuso, son Campana, Cuenca y Helguera las calles que más vale la pena caminar.

“¿Tenés una en talle L?”. “4 x 100 los alfajores”. “Pruebe sin compromiso”. “Hay sánguches de salame”. “1.300 las calzas”. “Con capucha tengo estas”. En una sola ochava, un local de ropa, un kiosco de diarios, vendedores de bebida y comida al paso, manteros que ofrecen ropa por lo mismo que un combo de hamburguesa de cadena. Es sábado al mediodía en Avellaneda y Nazca, el arranque de un paseo donde compra cada vez más la clase media. En muchos casos, por primera vez.

Es el debut de Álvaro (22). Llegó acá después de entrenar vóley en Ferro, Caballito. Es de La Plata, por eso está acompañado por un experto, su amigo Agustín (21), que vive a ocho cuadras y ya tiene sus locales favoritos. “Venimos a comprar marcas de segunda, solo remeras. Realmente conviene”, admite el platense, que usa Adidas en los pies pero no teme a la ausencia de logo en el cuerpo.

Su amigo lleva Nike, y Lyon en las piernas. Y hasta ahí llega el amor. La crisis no permite seguirle el ritmo a las primeras marcas. En ese nuevo mercado se cuela Avellaneda y adyacentes, las calles comerciales porteñas donde no hay que dejar un riñón por un par de zapatos o un salario mínimo por lo que cuestan tres jeans. Todo está a entre un quinto y la mitad de precio de lo ofrecido en la calle Florida o la avenida Santa Fe.

Los precios en la avenida Avellaneda son mucho más bajos que en otras arterias comerciales de la Ciudad. Foto Federico Imas

“Está viniendo cada vez más gente a comprar por menor. Por un lado la clase media quiere ahorrar un poco. Por el otro, la ropa mejoró mucho en diseño y calidad. Hay tiendas que llegan a tener una fila de 50 o 100 personas, como una casa de jeans de Morón y Helguera. Las galerías también trabajan muy bien”, celebra Marcos Ohana, comerciante histórico de la zona y actual desarrollador.

En esta zona de Flores que termina en Floresta las primeras marcas son segunda selección, la moda por unidad se paga como si fuera al por mayor los sábados, y están las marcas falsificadas sobre las mantas que volvieron a ocupar la vereda de Avellaneda, ahora solo a mano derecha.

Mónica (43) luce pelo planchado perfecto sin raíces desteñidas, delineado en gel con buen pulso y ropa cuidada, impecable. Mira los jeans de un local al 2900 y pregunta, inexperta: “¿No necesito comprar en cantidad? ¿Qué hago, llevo dos o tres? ¿Puedo probarme acá? Amor, llevate a la nena”. El marido se va con su hija de dos años a la vereda mientras su pareja termina una transacción cuya modalidad desconocía minutos antes.

Mucha gente va a la avenida Avellaneda por primera vez y tiene que aprender sus códigos. Foto Federico Imas

Porque hay tantos primerizos es que todo está lleno de instrucciones. En los carteles: “Mirar sin sacar los jeans”, “Pedir a las chicas”, “Hay más modelos”. También en la boca de los vendedores: “En la semana hay venta al por menor pero con recargo”, aclara quien atiende un local de Bogotá casi Nazca. Y señala una campera verde oliva larga y abrigada, que cuesta $ 8.000 si se compra una, pero se paga $ 7.000 cada una si se lleva por docena.

Las camperas más finas arrancan en $ 2.300 sean de algodón o paño. Un jean se vende a $ 1.800 y dos a $ 3.500. Las remeras arrancan en $ 700 y cuestan $ 1.300 si son dos. La clave es comprar en cantidad, aunque los sábados casi todo se venda por menor, lo que suma minoristas a un día típico de compradores al por mayor venidos de las provincias.

Lo que no dice ningún cartel es que otra clave es decir “Permiso”. Es la palabra que más se escucha en los pasillos de las tiendas. Las dicen quienes se impacientan por tanta clientela nueva. O quienes pasan con bolsas de consorcio que en lugar de residuos tienen ropa. No solo se cargan prendas: efectivo también. La mayoría de los locales solo aceptan cash y hay que resignar la facilidad de las cuotas.

La mayoría de los locales sólo aceptan cash. Foto Federico Imas

Educación online para un paseo offline

Para quienes quieren llevar todo aprendido desde casa, hay cada vez más instructivos en redes. Algunos hasta tienen mapas para ubicarse rápido y no dejarse abrumar. Es que este paseo sobreofertado va más allá de la avenida Avellaneda. Se expande como una mancha irregular que casi desborda el perímetro entre Venancio Flores, Vallese, Joaquín V. González y Condarco. En ese rectángulo, en la práctica más difuso, son Campana, Cuenca y Helguera las calles que más vale la pena caminar.

“En la zona de Avellaneda, para el lado de Juan B. Justo es ‘ropa femenina’ y hacia el lado de Rivadavia es ‘ropa masculina’. Si te fijás, desde Nazca están las calles más caras y va poco a poco a las más baratas. Lo mismo con Avellaneda propiamente dicha, que es la más cara y cuando te vas alejando [hay ropa] más barata”, dice con un mapa como fondo @babutecuenta. Ya publicó cuatro clips en TikTok con tips para comprar en la avenida.

Vaya paradoja: educación online -en redes- para un paseo comercial offline -físico-. Esa es una de las principales novedades que trajo la pandemia a la avenida Avellaneda. Este mercado material tiene un diferencial con el virtual: aquí es posible probarse en cada vez más locales. Y, si no se puede, está la opción de llevar una prenda propia y superponerla a la que se quiere comprar, para encontrar el mejor talle.

Cada vez más locales ofrecen la posibilidad de probarse la ropa. Foto Federico Imas

El paseo que volvió, recargado

“El 32,4% de los comerciantes de nuestra cámara aumentaron sus ventas en los últimos doce meses”, precisa Emiliano Iglesias, presidente de la Asociación de Comerciantes de la Avenida Avellaneda (ACOMA). Una bendición después de que él mismo contara, en julio de 2020, que un 30% de los negocios que había antes de la pandemia no levantarían las persianas nunca más.

Los rubros que más aumentaron su facturación en los últimos 12 meses son el de colegiales (80%), ropa para varones (60% de suba) y zapatos para mujeres (50%). También se vende más indumentaria deportiva (25%), que se usa también para pasar tiempo en casa, como evidenciaron los meses encerrados en lo peor de la pandemia.

Los rubros presentes en la avenida Avellaneda que aumentaron su facturación son ropa para colegiales, indumentaria masculina y zapatos femeninos. Foto Federico Imas

Por el contrario, la ropa de noche perdió prioridad y así fue como en este paseo bajaron sus ventas la alta costura (70% de caída), la bijouterie (65%), el rubro “Novias” (60%) y los cueros (55%). Los datos fueron recopilados especialmente a pedido de este diario por la Federación de Comercio e Industria de la Ciudad (FECOBA).

En octubre de 2020, cuando las tiendas de ropa y los ejes de alta circulación comenzaban a reabrir, fue clave que los propietarios de los locales rebajaran los precios, con reducciones del 25% en promedio en el valor del alquiler, en comparación con lo pedido antes de la pandemia.

Algo que ya no sucede: hoy hay pocos locales disponibles en esta zona, y por los que quedan llegan a pedir hasta $ 390.000 por mes sobre Avellaneda y hasta $ 250.000 sobre su paralela Argerich. Mucho dinero, aunque en promedio un alquiler está a la mitad de lo que se pedía en la mejor época del paseo, de 2005 a 2012 inclusive.

Por un local sobre la avenida Avellaneda se llegan a pedir $ 390.000 de alquiler por mes. Foto Federico Imas

“Ya no se buscan tantos locales en las primeras cuadras o en avenidas, sino más lejos, y no comerciales sino para depósito de mercadería que se vende por Internet”, observa Diego Tarrab, a cargo de la inmobiliaria Roberto Tarrab y Asociados, en Floresta. En esos lugares hay más espacio para exponer la mercadería, atender con tranquilidad a los clientes y pagar mucho menos que lo que sale un local comercial.

Son esos grandes locales los que pueblan el anillo externo de un paseo comercial que se dilata como chapa. Junto a los comerciales, son un mar de gente en la semana y las mañanas de sábado, y un horizonte uniforme de persianas metálicas cada domingo o cuando cae el sol.

NS

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