¿Batakis la pegara y el IPC marchará, digamos, hacia el 65% o se empinará por encima de un imprevisible 100%?

Si Silvina Batakis tuviera la puntería necesaria, lograra lanzar el hilo con la dirección y la velocidad justas y enhebrara diez agujas de una sola vez, la inflación cerraría el año por encima del 80% y por debajo del 90%. Aun si eso ocurriera, ¿qué cabría esperar del año que viene?

Ninci y el los carteles de CFK Asesina

Campaña electoral, expectativas negativas, corrida cambiaria, reclamos sociales, presiones de Cristina Fernández de Kirchner y deseos de Alberto Fernández por un gasto social mayor para aguantar los trapos –sobre todo, en la provincia de Buenos Aires–, tal vez el regreso de la pelea brutal o la diáspora en el Frente de Todos y amplios ítems del presupuesto que están indexados directa o indirectamente con la evolución de los precios –el dólar que pide el FMI, jubilaciones y pensiones, paritarias, las futuras tarifas semilibres tan resistidas por el cristinismo– presagian un escenario nuevo. ¿Ensartará Batakis las diez agujas y el IPC marchará, digamos, hacia el 65% o se empinará por encima de un imprevisible 100%? Apostemos. ¿Ensartará Batakis las diez agujas otra vez en 2023 y el IPC marchará hacia el 65% o se empinará por encima de un imprevisible 100%? Apostemos.

La Argentina ha entrado en un régimen de alta inflación cualitativamente diferente, en el que cualquier piedra que caiga en el estanque de la economía provocará tsunamis en los precios. Los ingresos formales y, mucho más, los informales serán incapaces de seguirle el paso y parte del gasto público se diluirá porque –no nos mintamos entre nosotros– para eso sirve la inflación. Sí, el ajuste ya llegó.

En tanto régimen nuevo de alta inflación, la salida será probablemente en modo de shock. Si algo se llevó Martín Guzmán junto con su flema fue la ilusión de una normalización gradual, menos dolorosa, de la macro. Ese gradualismo –mucho menos cuidadoso, sobre todo en términos de ajuste de tarifas dolarizadas– ya había fracasado con Mauricio Macri y su política de financiar el déficit fiscal con endeudamiento y timba financiera, “lógica” que quienes lo siguen aplaudiendo en La Biela como azote del populismo siguen sin comprender.

El Frente de Todos nunca estuvo a la altura del desafío, se sabe ahora. Aun antes de la pandemia, la coyuntura –hecha de sobreendeudamiento, corrida cambiaria, default y un IPC del 53%– ya era dramática, pero Cristina y Alberto optaron por trabarse en una disputa precientífica sobre las causas de la inflación: para la primera, el déficit fiscal es ajeno a ella; para el segundo, aunque de boquilla sostenga otra cosa, nada hay en mercados oligopólicos y empresas voraces que amerite golpear un poco la mesa. Es más, la sofisticación de lo rudimentario llevó a una discusión bizantina sobre el problema bimonetario, título que mereció remedos de ponencia. ¿Se preguntó alguien qué es lo que lo genera, si no décadas de disolución del peso? ¿Será que el rojo presupuestario persistente al final sí es parte de la ecuación?

“¡No al ajuste!”, debería vocear cualquier progresista que se preciara. Sin embargo, siempre se trató del ajuste. La negación hizo que nunca se pensara en cuál era el mejor modo de encararlo: es allí donde sobreviven las ideologías y no en desestimar la ley de gravedad.

El último censo arrojó que la población argentina ascendía a 47.327.407 millones de personas. La responsabilidad más primaria de cualquier gobierno es que todos y todas logren, tras irse a dormir, despertarse a la mañana siguiente o, más precisamente, que nadie se pierda durante la noche por falta de alimento. En la coyuntura actual, eso implica que el Estado salga en auxilio de, al menos, un 35 o 40% de ese total, ya sea en base a planes sociales o a un ambicioso salario básico universal. El problema es que la estructura impositiva lo hace infinanciable.

Ajuste e ideología, entonces. Cuando se habla de déficit fiscal, hay una pelea perdida por el sentido común, porque se lo asocia con un “exceso de gasto” como si la variable total no fuera producto no solo de este, sino también de los ingresos. ¿Dónde reside, entonces, esa falta de ingresos? En la legión de contribuyentes que evaden impuestos, en las grandes corporaciones que los eluden con gracia contable, en subsidios variados que nadie revisa, en la fuga de capitales que achica año a año la base imponible, en los jueces que se autoeximen de pagar impuestos, en las empresas contumaces en contratar personal sin registrarlo, en los garages que jamás van a entregar un ticket fiscal, en los negocios de ropa que ofrecen “tickets de cambio” en lugar de facturas, en la política que no hace siquiera el gesto simbólico de compadecerse con quienes representa, en la corrupción y, finalmente, en una escala impositiva insólita que fija en un 35% la alícuota máxima del impuesto a las Ganancias. Así lo fijó la Corte Suprema en la prehistoria y así quedó. Por eso, Paolo Rocca paga, porcentualmente, lo mismo que más de una persona que lee esta columna. Con mejores contadores, eso sí.

Si, como lo hace la derecha, el progresismo quisiera encontrar “planeros” sobre quienes avanzar, ahí están todos, cada uno en su magnitud y con su grado de responsabilidad. Allí radica el lado oculto, del que no se habla, del déficit fiscal, que hace que, en muchos casos, la presión tributaria sobre quienes cumplen con sus obligaciones sea desmesurada.

Obviamente, cambiar ese estado de cosas impone peleas de enorme calado y, para no librarlas, es mucho más sencillo sostener que el déficit fiscal no es tan malo y que emitir pesos que nadie quiere es una idea genial. De ese modo, la parte combativa de la dirigencia peronista que exige a gritos el uso de “la lapicera” opta por un camino que, antes que progresista, resulta llamativamente conservador.

Tampoco el dueño de la lapicera es inocente, claro. Sí, la pelea es grande, pero, si el ajuste es inevitable, sin ella no hay forma de realizarlo con equidad. Solo hay una cosa peor que perder: perder sin pelear.

El peligro, ante lo no hecho, es que quede por delante un año y medio de autoengaño en forma de que los ingresos le pueden ganar a esta inflación. Mientras, el mercado seguirá haciendo lo suyo y, tras esa sangría lenta, las elecciones engendrarían el tajo final.

¿Ese futuro es inevitable? No, si una mayoría social y la parte relevante de la dirigencia actuaran como parte de una comunidad, ya sea por ideología, patriotismo, piedad religiosa o simple humanidad.

Se viene la campaña… ¿será posible? Apostemos de nuevo.

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