En ese año, aun perdiendo con la fórmula Macri-Pichetto, en la categoría presidente ganó en 5 de los 7 distritos más grandes de la Argentina. Parece guiarlo más la necesidad que la voluntad. Pero con el cambio de Gabinete dispara desafíos con efectos en el oficialismo y la oposición. En el oficialismo, la elección de Scioli es un gesto de conciliación entre Olivos y el Patria. Pudo convertirse en el partido que quebrase la bipolaridad entre peronismo y no peronismo en 2019.

Scioli, intento final de unidad

A poco más de un año de las elecciones, lo que el peronismo necesita -y no tiene aún- es un candidato que represente y acorrale a sus votantes, de manera que no se tienten a derivar el respaldo a alguna disidencia. Por no contener a su constituency, el factor Massa le causó derrotas entre 2009 y 2019.

La reaparición de Daniel Scioli es el primer intento solvente, desde la derrota de 2021, de abulonar la unidad, clave de la competitividad para las elecciones del año que viene. No le queda otro recurso. Le cuesta dividir a sus adversarios de la oposición de Juntos por el Cambio que, probadamente, retiene y aumenta su representación cada dos años.

En noviembre de 2021, la principal alianza opositora mejoró el porcentaje de votos respecto a 2019. En ese año, aun perdiendo con la fórmula Macri-Pichetto, en la categoría presidente ganó en 5 de los 7 distritos más grandes de la Argentina. Al oficialismo le faltan candidatos que sostengan su chance electoral y a la oposición, le sobran.

La oposición ensaya ampliación

Los pininos de disidencia que ensayan los postulantes de Cambiemos no amenazan su unidad, aunque parezcan arriesgarla en el intento de ampliar la coalición. Saben que tienen que dividir al adversario que, unido, puede ganarles según una ley standard desde hace 40 años: el peronismo unido puede ganarle al no peronismo; un no peronismo unido puede ganarle a un peronismo dividido.

Mauricio Macri camina por el borde del bazar, forzado a mantener su candidatura en función piloto. En privado, suele repetir:

-Si me presento, sé que gano.

-¿Y por qué no te presentás?

-Porque después hay que gobernar.

Las mismas condicionalidades exhibe Horacio Rodríguez Larreta en sus maratones con empresarios (AEA, Cicyp, etc.).

-¿Vas a ser candidato?

-Lo diré cuando tenga un programa, pero es mi voluntad.

-¿Qué programa?

-Lo estoy elaborando, porque tiene que contar con el respaldo del 70% del país.

-¿Y si se presenta Macri?

-Mi decisión no depende de quién más pueda presentarse.

En silencio, Elisa Carrió piensa el partido desde afuera: pasó por Córdoba, en donde parlamentó a solas con Mario Negri en su casa durante más de dos horas. Siguió hacia el Norte del país en una gira rutera por varias provincias que le ocupará casi todo el mes.

La “economía popular” e Yrigoyen, prendas de disidencia

Larreta repitió, por ejemplo, su confianza en la “economía popular” dentro de su agenda. Lo había hecho hace un par de semanas en la cumbre de millonarios del Llao Llao, y lo ratificó esta semana en el Cicyp. Plantea una disidencia con Macri, que había apoyado desde 2016 los acuerdos vaticanos sobre la “economía popular” –ley de emergencia de 2016, ley de villas de 2018-.

Macri además se peleó con los radicales -socios en Cambiemos- al calificar a Yrigoyen de “populista”. ¿No era más oportuno recordarlo como el fundador de YPF, cuyo centenario triza al oficialismo, pringado por acusaciones internas de negociados con empresas?

Los intelectuales que lo rodean se expresan en una revista llamada “Seúl”. Siguen en Corea del Sur. Podrían aprovechar el plan pre-viaje y darse una vuelta por acá y alimentar escenarios más empáticos a su (ex) presidente. Después de todo, Macri es un parricida que ha sido implacable con su padre biológico. ¿Cómo lo iba a absolver de algo a Yrigoyen?

Más que motonauta, un surfer

El difícil imaginar que el Gobierno tenga una estrategia, más allá del sálvese quien pueda. Parece guiarlo más la necesidad que la voluntad. Pero con el cambio de Gabinete dispara desafíos con efectos en el oficialismo y la oposición. Ante ésta, es un llamado a la cancha para Macri. Scioli llega con aroma de candidato y es un desafío para Macri a repetir la pelea de 2015. Si Mauricio resigna una postulación, le dirán que arrugó.

También desafía a la oposición en su capacidad de capturar al peronismo peregrino, que busca un destino mejor que el cristinismo. Ese pelotón lo forman hoy Juan Schiaretti, Florencio Randazzo, Roberto Lavagna, Diego Bossio y otros tertulianos, frente a los primos que están en Cambiemos, como Emilio Monzó, Rogelio Frigerio, etc.

En el oficialismo, la elección de Scioli es un gesto de conciliación entre Olivos y el Patria. El nuevo ministro dejó en claro el mismo sábado, cuando aceptó el cargo, que hacía un mes que no hablaba con Cristina. Y que sólo había parlamentado con Alberto, que le pidió que aceptara el ministerio por la excelente relación del embajador con sectores del empresariado, y su eficiencia en la gestión como embajador en Brasil.

Allí logró un objetivo del oficialismo y la oposición, que fue domesticar las relaciones con Jair Bolsonaro. No es el único logro bipartidario. En la provincia de Buenos Aires fue factor de empalme con la sucesora María Eugenia Vidal, a quien le legó un ministro como Gustavo Ferrari y un estratega como Fabián Perechodnik, entre otros. También fue factor de convergencia con Larreta, a quien le legó su estratego cultural, Jorge Telerman, hoy director del Colón larretista.

Lucas Llach lo definió como el capitán de la Lancha de Noé, que salvó al peronismo de varios naufragios. Llamarlo “el motonauta” es un error que explica el principal activo del nuevo ministro: crece al amparo de la subestimación de propios y ajenos. En 25 años de carrera (desde la banca de diputado nacional en 1997) no ha cometido un solo error estratégico. Scioli no es un motonauta. Es un surfer.

Daño grande, remedio mayor

Es esperable que Alberto y Cristina se hayan consultado para acordar el nombre. Si no es así, cabe el prejuicio que afirma que Alberto suele hacer cosas que haría Cristina sin consultarla. La emergencia se entiende: la salida de Matías, Kulfas, en tiempo y forma, es un cañonazo bajo la línea de flotación al Gabinete. Kulfas significaba medio gobierno, por la dimensión de la cartera, los asuntos y fondos de que disponía y la calidad del equipo, superior a la media de un Gabinete enclenque y acosado por internismos.

Se va, además, con un gesto a lo Lavagna, que denunció oscuridades en la gestión de la obra pública de Néstor Kirchner. A ese daño grande le sigue una decisión también importante de Alberto. Scioli tiene una envergadura política que no tiene Kulfas -un académico arrojado a las aventuras políticas, con lo que eso tiene de bueno y de malo-.

Agrega una relación excelente con todos los niveles del mundo de los negocios. Además, hereda el equipo de Kulfas, en donde hay varios ex funcionarios de su gobernación en Buenos Aires, como Ariel Schale. “He trabajado con ellos durante ocho años”, decía en las últimas horas. Le da relieve y estilo a un Gabinete gris, de funcionarios que están por debajo de la talla ya discreta del Presidente. Suma un elemento que no escapa a nadie: la ambición del ex vicepresidente, hoy cristalizada en un proyecto de candidatura presidencial.

El peronismo que gobierna no tiene ninguna figura como él para intentar sostener la unidad de 2019, hoy trizada por el derrotismo que ha ganado al Instituto Patria. El cristinismo mantiene dominio sobre una minoría del peronismo nacional: controla el peronismo de la provincia de Buenos Aires y, en el interior, algunas tribus minoritarias que apenas tienen capacidad de daño, ante el poder del otro peronismo, el de los gobernadores. Y les va mal. Vienen de una paliza electoral hace seis meses, que ellos mismos creen irremontable. No soportan ni un off the record en el mundo de las fake news.

También desafía al peronismo federal

La instalación de Scioli en el escenario es un desafío al peronismo del interior, que sumado es más importante que el de Buenos Aires, y que intenta una unidad en torno a Olivos con:

1) El apoyo en su acoso a la CABA, en la guerra por el recorte de fondos al distrito emblema del PRO.

2) El peregrino proyecto de una reforma de la Corte, una bandera testimonial porque ese pergeño nunca tendrá los votos para designar a los jueces. Ni a 25, ni a uno más, para la vacante Highton.

El desembarco de Scioli puede leerse como una apuesta del peronismo del AMBA para empardar el esfuerzo del peronismo federal de recomponer la unidad en 2023. Hasta ahora ese peronismo tiene llamadores como Jorge Capitanich y Sergio Uñac, que esperaban una concertación con el eslabón más fuerte de la trifecta presidencial y a su vez con ambiciones de ser candidato: Sergio Massa.

La llegada de Scioli es una pésima noticia para Massa, que expresa todo lo contrario de lo que implica Scioli. Sobran pruebas de la distancia que los separa. Por de pronto, Massa ha sido un factor del hundimiento del peronismo entre 2009 y 2019. Scioli, en cambio, puede mostrar que lo hizo presidente a Kirchner en 2003, cuando lo convenció de que anunciase en plena campaña que Roberto Lavagna seguiría como ministro de Economía. También la hizo presidente a Cristina en 2007 con su candidatura a gobernador en Buenos Aires. En 2015 perdió las elecciones sólo por poco más de dos puntos.

Un desafío para los “republicanos”

El desafío alcanza también al peronismo que alberga dentro de Juntos por el Cambio, que va a tener que redoblar su esfuerzo para activar la captura de peronistas de todo el país que rechazan el formato cristinista. Ese peronismo votó a Scioli en 2015. Hoy tiene el llamador del peronismo republicano de Miguel Pichetto, que navega como la cuarta fuerza de Juntos por el Cambio y viene de la experiencia de Alternativa Peronista.

Esa asociación transitó entre 2016 y 2019 bajo la conducción de Pichetto, Juan Schiaretti, Juan Manuel Urtubey, Sergio Massa y Roberto Lavagna. Pudo convertirse en el partido que quebrase la bipolaridad entre peronismo y no peronismo en 2019.

El deterioro del gobierno de Macri desintegró esa misma posibilidad para ellos. No porque careciese de liderazgos o de programa. Fue porque el propio Macri admitió -y lo repite- que había fracasado en construir una alternativa que superase al peronismo cristinista. Inventó esa falacia de que el peronismo está “secuestrado” por Cristina, una lectura ingenua de la realidad política.

Volver al futuro

El objetivo del peronismo del AMBA fue liquidar la mesa los cuatro de Córdoba, que logró con la captura de Massa, socio de Macri en las fotos de 2016 y de María Eugenia Vidal en los dos primeros años de su gobierno, y gerente de la división de los bloques legislativos en las dos cámaras del Congreso.

La vuelta de Massa al Patria en 2019 fue el segundo intento de dinamitar la pata bonaerense de Alternativa Federal. Alguien contará alguna vez los detalles del primer intento, que fracasó por el factor humano, que también importa en política. El peronismo del AMBA buscó desarmar aquel intento en 2018 con la captura de José Manuel de la Sota.

Ocurrió cuando ya se conocía el naufragio de Macri en las aguas del acuerdo con el FMI en abril de aquel año. El ex gobernador visitó al Papa Francisco. Regresó al país y activó el contacto con Maxi y Cristina de Kirchner. Con ella pudo hablar de unidad del peronismo, por afuera de lo que Schiaretti compartía con la mesa de los cuatro.

De la Sota imaginó una campaña por el conurbano de Buenos Aires de la que esperaba mejor suerte que en 2003, cuando la había hecho amparado por Duhalde. Ese proyecto incluía una incursión en el show business, con un programa en la señal de cable Crónica TV y una cercanía a los curas villeros de Bergoglio (los curas “Pepe” y “Toto”).

Lo supieron, entre otros, Pichetto, entonces socio de Schiaretti, y otro senador de Córdoba, el cristinista Carlos Caserio, que compartieron en aquellos días un almuerzo con De la Sota en el comedor del Senado. Pocos días después, el 18 de setiembre de 2018, ocurría la muerte de De la Sota en un accidente que cambió la historia.

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