El suizo Roger Federer disputó en la noche del viernes en Londres su último partido oficial.

Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Para que esos dos hombres junten sus manos y se emocionen al mismo tiempo, sentados en la despedida de uno de ellos, se han tenido que enfrentar 40 veces, se han quitado títulos que ansiaban más que nada en el mundo, se han hecho llorar de rabia y tristeza, se han buscado el uno al otro el punto débil para explotarlo sin misericordia, se han perseguido y citado por todo el planeta durante dos décadas para verse en las finales de los torneos más importantes. Para que estos dos hombres junten sus manos y se emocionen al mismo tiempo, han tenido que ver 40 veces cómo la victoria de uno implicaba la derrota del otro; han tenido que ver 40 veces cómo la euforia de uno provocaba el abatimiento del otro. Y ni así.

Se desconoce si Federer, sin Nadal, hubiera sido el tenista más grande de la historia; de igual modo le ocurre al hipotético Nadal sin Federer. Juntos, sin embargo, y repartiéndose los títulos, se han elevado hasta donde les fue posible, han construido aquello que permanece para siempre en la memoria de los espectadores, más allá de hermosas gestas individuales o dominios avasalladores: una rivalidad, un antagonismo, un duelo inacabable que contraponía dos maneras contrarias de vestir y dos maneras contrarias de jugar, pero una sola manera de competir: la de pedir perdón cuando la suerte te favorece, la de respetar a tu rival y sufrir con sus lesiones, aceptar la derrota, no pensar sólo en ti en la victoria, reconocer la grandeza del otro y comprender que todo lo bueno que eres tú, lo eres porque hasta ahí te ha llevado el contrario.

Todo eso desemboca no sólo en la petición de Federer de jugar el último partido de su carrera en Londres junto a Nadal en el mismo lado de la red, ni en la imagen icónica de dos hombres llorando el uno junto al otro agarrados de la mano, sino en algo impresionante en la historia del deporte por tratarse de una rivalidad tan prolongada: pocos fans de Nadal le desean el mal a Federer, pocos fans de Federer le desean el mal a Nadal. Amarlos no significaba odiar al otro. Y lo que ellos enseñaban en la pista, se aprendía fuera de ella. Si ya es difícil de por sí ganar más de 40 Grand Slam entre los dos, cómo de difícil tiene que ser hacerlo educando a los espectadores que te ven; cómo de difícil tiene que ser, en un deporte tan ocupado por padres alimentando rencores, competitividad y arranques de furia en las pistas de sus hijos, enseñarle a los jugadores de tenis que se gana mucho más cuando reconoces en la derrota que el otro fue mejor, y que ese partido nunca es el fin del mundo. Que se gana más, infinitamente más, cuando se aprende a perder.

Se conocieron en Miami 2004 cuando Roger tenía 22 años y Rafa, 17. El suizo todavía tenía una melena que agarraba con coleta, y era el número uno del mundo; el español, número 32, le ganó 6-3/6-3. Lo que dijeron al salir de la pista lo repitieron en los 15 años siguientes. “Su golpe tiene mucho efecto, eso hace que la pelota bote muy alto, y ese es el problema que he tenido hoy. Traté de evitarlo, pero no supe. Ha conectado puntos impresionantes”, dijo Federer. “No le he dejado desarrollar su propio juego. Si puede jugar como quiere, te gana 6-1/6-1″, dijo Nadal. 18 años más viejos, Federer dijo en su despedida: “Estar junto a Rafa ha sido maravilloso”, y Nadal dijo: “Una parte de mi vida se va sin él”. Los dos rompieron a llorar sin remedio, primero Federer, luego Nadal, cuando la despedida se hizo inevitable. El suizo cogió la mano del español (“Volvería a repetir este viaje mañana mismo”, dijo de su carrera), y las manos de los dos se entrecruzaron mientras reían y lloraban.

Una imagen dulcísima y delicada ―una escena íntima de dos atletas bajo la luz pública, los mejores de la historia en su deporte―, que atenta contra un mundo en extinción, el de las emociones reprimidas, la hombría del héroe que no dice te quiero, no besa a otro hombre ni lo lleva de la mano a ninguna parte si no es su hijo; la del antiguo pero moderno hombre heterosexual que teme que determinados gestos afectuosos puedan malinterpretar sus gustos o ser objeto de burla y sospecha; la del hombre, en definitiva, que teme, frente al hombre que no. Y así fue cómo, de la manera más natural y sencilla, que es como más profundidad tiene un gesto político, dos tenistas que llevan casi 20 años dando un recital de golpes dentro de la pista ofrecieron uno más, demoledor, fuera de ella; una fotografía que expresa el amor y el respeto al que pueden llegar dos rivales que crecieron queriendo ganarle el uno al otro. Y ni así perdieron algo por el camino.

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