El primero, y más importante, es el nivel de las reservas. La modificación –caso contrario, el pedido de un waiver– de esos criterios objetivos (los anuales se mantienen) se definirá en la reunión que el viernes realizará el directorio del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Los datos del Gobierno desmienten a Cristina Kirchner. Las importaciones con relación al PBI están en un 24,2%, prácticamente el mismo nivel que tenían entre 2014 y 2015, según los números que manejan en el Ministerio de Desarrollo Productivo, hoy conducido por Daniel Scioli. Los privados concuerdan. En la consultora que conduce Dante Sica, ex ministro de Producción de Juntos por el Cambio, afirman que, en cantidades, los niveles de importación en lo que va del año resultan 5,4% inferiores al promedio de 2017 y similares a los de 2011. Por citar un caso cercano al flamante ministro, que esta tarde se reunió con las terminales automotrices, los autos importados vendidos entre abril de este año frente al mismo mes de 2021 fueron 145.752, el menor nivel en la última década.

El “festival” de importaciones denunciado por Cristina Kirchner esconde otros problemas mucho más urgentes y su retórica busca contener su principal temor de cara a 2023: la corrida cambiaria.

El primero, y más importante, es el nivel de las reservas. No sólo ya son negativas en términos líquidos. El Banco Central (BCRA) no puede acumular dólares en tiempos de cosecha gruesa y se dispone a incumplir las metas trimestrales de acumulación de reservas. La modificación –caso contrario, el pedido de un waiver– de esos criterios objetivos (los anuales se mantienen) se definirá en la reunión que el viernes realizará el directorio del Fondo Monetario Internacional (FMI).

El segundo problema es global y, pese a que la Argentina podría estar aprovechando la oportunidad única que le ofrece el contexto de aumento del precio de la energía, la falta de inversiones producto de la anomia institucional, el desorden macroeconómico y la falta de horizonte, hacen hoy que el viento de cola transmute en viento de frente.

En términos de divisas, las importaciones de mayo sí alcanzaron el máximo histórico. Fueron, como lo venían sugiriendo cerca de Miguel Pesce, US$7870 millones. “Fue un festival de energía”, explicó alguien que conoce de cerca los números. “Si [ese rubro] hubiese crecido como el resto tendríamos superávit de US$1400 millones”, estimó. Producto de la disrupciones de la pandemia, pero principalmente de la invasión de Rusia a Ucrania, la factura energética se disparó y hoy –como escribió alguna vez Matías Kulfas– la política energética pone en jaque al cuarto kirchnerismo. Dos datos: en mayo, el rubro Combustibles mostró un alza de 226,7% (el peso de los precios fue de 115,5%). Otro más panorámico: los precios de importación en el primer trimestre de este año fueron un 17% más altos que en igual trimestre de 2020.

El tercer problema es de incentivos. Si hubiera un “festival” de importaciones es porque esa es la zanahoria que le ofrece el Gobierno. Ayer, el dólar blue llegó a $224 y la brecha con el oficial llegó a un 81%. “Con esa brecha haces meses, las empresas se ponen en modo defensivo. Buscan pesificar pasivos y dolarizar activos”, contó un ex ministro. “La brecha afecta todas las decisiones individuales”, agregó. Adelantar compra de bienes de capital (tractores, por ejemplo) es un negocio; lo mismo que acumular stocks (insumos industriales), algo que puede estar sucediendo, pero que lejos está de ser un “festival” (al igual que la compra de bienes de consumo). Por otro lado, se pisan exportaciones (el BCRA buscó agilizar esas ventas con subas de tasas). Al Gobierno, creen algunos observadores, sólo le queda “administrar el desequilibrio”, o sea, sumar más controles. “Lo de Cristina es fulbito para la tribuna”, describen.

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