El límite con Santa Fe lo marcaba una calle, y su familia vivía donde terminaba el pueblo y empezaba el campo. Así hasta la tarde en que se subió a un camión y pidió que la llevaran a cualquier lado, pero lejos. Reconstruye el día en que estaba jugando con una de sus hermanas, Valeria, con una abeja: “Ella era muy alérgica. “Mi madre trabajaba en la prostitución, en la calle. Hay adolescentes que piensan que es normal que tu novio te maltrate, y niñas y niños que sufren y a quienes nadie escucha ”, cuenta.

Daniela Chávez se crió en San Francisco, una localidad cordobesa donde los prostíbulos eran casi tantos como los kioscos y la droga se vendía como helado en verano. El límite con Santa Fe lo marcaba una calle, y su familia vivía donde terminaba el pueblo y empezaba el campo. En esa casa, la violencia era cosa de todos los días. “Cuando tenía 14 años, mi madre me lanzó al mundo cruel de prostitución” , cuenta Daniela. A los 17, fue vendida a una red de trata de Villa Mercedes, donde pasaba los días parada a un costado de la ruta y las noches pegada a la barra de una whiskería. Así hasta la tarde en que se subió a un camión y pidió que la llevaran a cualquier lado, pero lejos.

“El día a día cuesta, pero pude recuperarme. Si alguien pudo, dos pueden y una tercera también va a poder. Los desafíos para las mujeres que logran escapar o son rescatadas de las redes de trata, siguen siendo los mismos que cuando yo salí hace veinte años atrás ”, asegura Daniela. Y resume: desde encontrar una contención adecuada y sostenida para juntar los pedazos de un cuerpo y una psiquis rota, hasta tener una salida laboral. Sin vivienda, sin oportunidades y sin atención psicológica, cortar con ese círculo de explotación es una utopía. De hecho, según datos oficiales, de las 17.400 víctimas que fueron rescatas desde 2008 hasta la actualidad, se estima que el 80% permaneció en una situación de “gran vulnerabilidad”, que las expone a caer nuevamente en redes de trata.

Actualmente, Daniela −que tiene 43 años y se convirtió en una activista contra las violencias−, da charlas en escuelas para prevenir e impulsar la detección temprana de los maltratos contra las chicas y los chicos (algo que ella vivió en carne propia) y busca acompañar a otras mujeres que atravesaron experiencias similares a las que vivió ella. Vive en Ausonia, el pueblo donde pudo reconstruir su vida. Pero empezar de nuevo no fue como en las películas. Tuvo que enfrentarse a los señalamientos de una comunidad conservadora que la señalaba como “la puta” , la hacía sentir como una outsider y le pegaba donde más le dolía: marginando a sus hijos. Enfrentar una mirada social que muchas veces las condena es, para Daniela, otro de los desafíos para las sobrevivientes de la trata.

Respirar violencia

Cuando una es chica todo parece ser para siempre y es difícil imaginar una salida. Y cuando la violencia se mama desde los primeros años, se vuelve parte de la rutina. Así le pasó a Daniela. A su madre la recuerda como a una mujer extremadamente violenta, que estallaba por cualquier cosa cuando llegaba a la casa de trabajar: “Todo su enojo y cansancio lo descargaba con nosotros y sino habíamos tendido la cama, el que se cruzaba enfrente de ella cobraba con lo que encontraba: la escoba, una olla. A mi hermano le quemó las manos con un fierro cuando tenía siete años porque le comió la gelatina a mi hermana”, cuenta Daniela.

Las secuelas de tanto maltrato fueron enormes. Reconstruye el día en que estaba jugando con una de sus hermanas, Valeria, con una abeja: “Ella era muy alérgica. Mi mamá nos dijo que dejáramos de hacer eso, pero no le hicimos caso. Salió enfurecida de la casa y me pegó con un látigo de cuero, que tenía una punta con un nudo. Me dio en el ojo”. Con cinco años, a Daniela le pidieron que dijera que se había caído de una pila de ladrillos y golpeado con uno de ellos. Estuvo siete meses internada en el hospital de niños de Córdoba. Poco a poco fue perdiendo por completo la visión en ese ojo. “Nunca supe si mi mamá algún día me quiso. Me hacía sentir como que había llegado al mundo porque sí”, dice Daniela.

Los recuerdos lindos de su infancia son siempre con sus hermanos más chicos, a quienes adoraba. Cuando era una beba, sus padres se separaron y su madre volvió a formar pareja con un hombre con quien tendría tres hijas más y un varón. Daniela vivió con ellos hasta que cumplió siete u ocho años. “Yo nunca había tenido relación mi padre, pero un día mi mamá me llevó a conocerlo y me dijo que me tenía que ir a vivir con él, porque no podía cuidar tantos hijos”, cuenta. En esa casa, las violencias se multiplicaron: “Yo era la sirvienta. Las veces que mi papá me abrazaba, me manoseaba. Pero lo que más sufrí fue la separación de mis hermanos: éramos felices juntitos y yo sabía que podía protegerlos”.

Daniela el día en que recibió su titulo de la secundaria, uno de sus mayores orgullos: fue segunda escolta y tuvo uno de los promedios más altos Gentileza

“Era mi mundo”

Cuando Daniela volvió a la casa materna, ya era una preadolescente de 14 años. “Mi madre trabajaba en la prostitución, en la calle. Una vez me llevó con ella y me dijo: ‘hay que trabajar’. Había que mantener a mis hermanitos y me lanzó a ese mundo cruel que en ese momento no entendí. Creí que era un trabajo como cualquiera”, cuenta Daniela. Se acuerda bien de esa primera noche: “Llegó el primer cliente, me llevó a la vuelta de la esquina, pasó lo que tenía que pasar y cuando volvimos le dio la plata a mi mamá”.

− ¿Cómo te sentiste ?

− Muchas veces me lo pregunté. No sé si estaba asustada o si pensaba que era algo normal, porque mi mamá me lo estaba diciendo. En el fondo sabía que no era lo que quería, pero había tantas cosas que no hacía por gusto. Cuando no conoces otra cosa, te seguís quedando ahí, sintiendo que no tenés a nadie. “Nadie me quiere, al mundo no le importo”, pensaba. Sabía que eso estaba mal, pero era mi mundo.

− ¿Y el día a día, cómo era?

− Trabajando en la calle, todos los días eran un peligro. Todos. Pensaba que me iba a morir, que la vida era una mierda, que no servía para nada. Hoy cuesta entender tanta crueldad. Desde el momento en que te acostabas, no sabías si te iba a despertar.

Hubo una tarde en que llegó un hombre a ver a su madre y le dijo que llevaba a chicas a trabajar a Villa Mercedes. Sin saberlo, Daniela estaba siendo entregada a una red de trata. Acababa de ser mamá de Ayrton, su primer hijo, que entonces era un bebé de meses y se quedó a cargo de su madre. “Ella me dijo que tenía que ir, que iba a trabajar de niñera. Pero no fue así. La pareja que me llevó, a los diez días desapareció y me entregó al tratante −describe Daniela− Había cientos de chicas en las calles, se hacía mucha plata. Lo único que me daba fuerzas era saber que quería volver para recuperar a mi hijo”.

Junto con las otras chicas, dormían en las whiskerías, que quedaban a las afueras de Villa Mercedes, en la ruta que lleva a San Luis. Muchas eran adolescentes y todas tenían documentos falsos. A la policía les pagaban para que las dejara trabajar. Incluso les habían hecho un carnet de sanidad: “Todo el mundo sabía lo que pasaba ahí, pero nadie hacía nada”, asegura Daniela. A las cuatro de la tarde la llevaban junto a una compañera a la ruta y las iban a buscar a las nueve de la noche. De ahí a la whiskería hasta las nueve o diez de la mañana siguiente. “Vivíamos en el encierro, bajo llave” , señala. Al pueblo tenía prohibido ir y tampoco manejaba plata. Lo que el tratante lucraba con su cuerpo, se lo mandaba a su madre.

Las sierras de Córdoba son uno de los lugares favoritos de Daniela. “Hoy llegue a la cima”, asegura haciendo un paralelismo con su vida; y subraya que, aunque no fue fácil, pudo dejar atrás años de violencia Gentileza

Pero en todas las historias hay un quiebre. El de Daniela fue cuando se olvidó un paquete de cigarrillos, donde había guardado lo ganado durante el día, en un camión: “Cuando llegué, empezó un fin de semana caótico en el que me hicieron de todo: desde pegarme con un cable hasta meterme la cabeza en el inodoro. Ahí decís: ‘ya está, la vida está jugada, ese es mi destino’. Después me llevaron de vuelta a la ruta toda golpeada y ahí no lo pensé dos veces: paré un camión y me subí”.

Se fue cargando sobre los hombros esa amenaza que le habían hecho mil veces: “Si te escapas, en cinco minutos nos enteramos”. Pero se convenció de que si perdía la oportunidad, se iba a quedar ahí para siempre. Pasó por San Luis, Mendoza y finalmente volvió a Córdoba. Cuando llegó a San Francisco, su mamá no la recibió en la casa. Tampoco la dejaba ver a Ayrton, excepto si le llevaba plata. Durante un tiempo, vivió en la calle. “Conocí el hambre, tener que vivir de la basura, la soledad, el no saber a dónde ir, el desamparo, la mirada del otro que te juzga sin saber cómo es tu vida ni qué necesitas” , cuenta.

Después pasó por un matrimonio con un hombre violento, con el que tuvo a su segunda hija. La beba nació prematura y falleció a los 15 días. El nombre de quien la sacó de ese infierno es Rubén. Dice que fue para ella lo que nunca había tenido, lo que siempre le faltó: una mamá, un padre, un amigo. “Me quiso como me tenían que querer, sin maldad. Yo había cumplido los 21 años cuando me encontró en la calle”, recuerda Daniela. Con él se fue a Asonia, el pueblo en el que viven, y al tiempo pudieron llevarse a Ayrton, que actualmente tiene 25. Después nacería Agostina, que cumplió los 20. “Hoy con Rubén estamos separados pero somos muy compañeros. Yo renací cuando me vine al pueblo”, dice Daniela.

Como había hecho hasta séptimo grado de primaria, conseguir un trabajo no fue fácil. Adaptarse a la idiosincrasia del lugar, menos. “Mis hijos sufrieron discriminación. Yo era la puta del pueblo, la tuerta del pueblo. Siempre sos ‘la’: no sos Daniela. Los que más sufrían eran ellos”, cuenta. Pero también asegura que cuando la gente empezó a conocer su historia, los prejuicios se fueron cayendo. “Me empezaron a pedir que fuera a dar charlas en las escuelas. Acá pasan cosas, hay mucha violencia y muchas veces se llega tarde. Hay adolescentes que piensan que es normal que tu novio te maltrate, y niñas y niños que sufren y a quienes nadie escucha ”, cuenta.

Daniela con su hija Agostina y su hijo Ayrton; ambos la acompañan muchas veces durante sus charlas para concientizar sobre el impacto de las violencias en las niñas y los niños Gentileza

Veinte años después de haberse subido a ese camión que la alejó de Villa Mercedes, Daniela regresó invitada por la universidad para dar una charla. Las whiskerías ya no estaban más, en su lugar había algunas casas. Preguntó por el hombre que había sido su tratante. “Me dijeron que seguía haciendo lo mismo: llevando mujeres”, asegura. En seguida, agrega: “Siempre me preguntan: ‘por qué no denunciaste’. La verdad es que no tuve el acompañamiento para ir a denunciar. Yo sé por lo que pasé. Lo único que quería era salir. Quería empezar de nuevo y no era nada fácil”.

En 2015, junto con Alicia Peressutti, activista contra la trata de personas, Daniela, que es parte de la comisión de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), viajó al Vaticano invitada por el Papa. “Trato de visibilizar mi historia para prevenir”, subraya. El año pasado terminó la secundaria (fue segunda escolta y es uno de sus grandes orgullos), hizo una diplomatura de acompañamiento a víctimas de violencia de género y está haciendo otra de recursos humanos. Hoy tiene la concesión de un quincho en el polideportivo de su pueblo, donde constantemente está en contacto con chicas y chicos. “Deje el papel de víctima para considerarme una sobreviviente, porque sentía que sino no podía ayudar a nadie desde ese lugar”, concluye.

Dónde pedir ayuda

En la línea 145 se puede solicitar información, asistencia y denunciar todo tipo de casos de trata de personas; funciona las 24 horas, todos los días, en todo el país y es anónima.

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