El 15 de septiembre de 2021, unas 60 horas después de la derrota del Frente de Todos en las PASO, el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, ponía su renuncia a disposición del presidente Alberto Fernández. El 17 de septiembre, al final de una semana agitada, la Casa Rosada anunciaba cambios en el gabinete que no sirvieron para cerrar una grieta que no ha parado de crecer. Con todo, pusieron al poder del Presidente en el tobogán. En definitiva, el cambio no es más que otra señal de caos y debilidad en el trerreno más sensible de la gestión. Es la inflación, Alberto, le gritan todas las encuestas al Presidente.

El 15 de septiembre de 2021, unas 60 horas después de la derrota del Frente de Todos en las PASO, el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, ponía su renuncia a disposición del presidente Alberto Fernández. ¿Se había vuelto loco? Nada de eso. Un rato después, toda la tropa K del gabinete hacía lo mismo. Detrás de la jugada estaba la vicepresidenta Cristina Fernández, que al día siguiente terminaría de desatar la guerra abierta del Frente de Todos con el lanzamiento de la carta-bomba en la que reveló que 19 veces le había advertido al jefe de Estado que, si no cambiaba el rumbo y atendía las demandas de los sectores más Golpeados, el oficialismo perdería las elecciones. El 17 de septiembre, al final de una semana agitada, la Casa Rosada anunciaba cambios en el gabinete que no sirvieron para cerrar una grieta que no ha parado de crecer.

Aquella vez, el cristinismo solo avisó. Las renuncias fueron amagues. Con todo, pusieron al poder del Presidente en el tobogán. Desde entonces, la autoridad del jefe de Estado no dejó de perder peso.

El 31 de enero de 2022, el mismísimo subcomandante Máximo Kirchner no amagó: en desacuerdo con el acuerdo alcanbzado por la dupla Fernández-Martín Guzmán con el Fondo Monetario Internacional (FMI), renunció a la presidencia del bloque del Frente de Todos en la Cámara de Diputados como precedente del episodio que le daría jerarquía institucional a la fractura expuesta de la coalición peronista. Kirchner no solo no juntó los votos en favor del entendimiento: reunió 40 en contra.

Por eso, la renuncia del secretario cristinista Feletti fue otra carta-bomba lanzada por las huestes de la vicepresidenta sobre el edificio anaranjado de balcarce 50: los cimientos del gobierno del cada vez más solitario Alberto Fernández volvieron a estremecerse.

¿Hay más? ¿Hay cataratas? ¿El portazo del secretario, que venía ocupando el podio del estorbómetro de los no alineados al programa económico de Guzmán aunque mantenía relaciones razonables con el ala albertista del gabinete, es el inicio de otra saga de renuncias? En las entrañas del cristinismo aseguran que no. “Es cosa de él”, juran.

¿Eso convierte a la salida de Feletti en un episodio menor? No. Es otro empujón al poder presidencial en ese tobogán empinado. A primera vista, alguien podría creer que el Presidente se saca de encima un problema y, con la designación de Guillermo Hang, un Guzmán boy, sale fortalecido el ministro de Économía, su principal aliado, casi su único tronco en la correntada que lo arrastra. En definitiva, el cambio no es más que otra señal de caos y debilidad en el trerreno más sensible de la gestión. Es la inflación, Alberto, le gritan todas las encuestas al Presidente.

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