Dicen que han visto al Presidente llegar a almuerzos o reuniones políticas solo, sin nadie que lo acompañe. Pero la conformación y el contenido de esos encuentros explica todo: la crisis, la autoridad presidencial, el momento del peronismo y la interna. Tanto, que cada vez que pone un pie en el municipio insinúa que irá por la reelección. Son ellos, los empresarios, los que primero desconfían del rumbo: además de descontrol macroeconómico, advierten intereses dispersos dentro del gabinete. La exembajadora definió a Cristina Kirchner como una política “brillante”, pero cree que se equivocó al ungir al Presidente “a través de un tuit”.

Hay un detalle de Alberto Fernández que llama la atención de dirigentes del peronismo bonaerense. Dicen que han visto al Presidente llegar a almuerzos o reuniones políticas solo, sin nadie que lo acompañe. No es normal: en general, y principalmente cuando el que invita es un municipio, los jefes de Estado suelen caer escoltados por comitivas numerosas. Pero la conformación y el contenido de esos encuentros explica todo: la crisis, la autoridad presidencial, el momento del peronismo y la interna. Ya pasaba en septiembre, después de la derrota en las primarias. El día en que los 13 funcionarios leales al Instituto Patria, encabezados por Eduardo de Pedro, amagaron con presentar las renuncias, Alberto Fernández desapareció de la escena unas dos horas para almorzar con Mario Ishii, intendente de José C. Paz, lapso durante el cual casi nadie estuvo en condiciones de ubicarlo.

Puede atribuirse a un estilo personal. Pero es imposible que el peronismo no lo interprete como una señal de soledad política, situación en la que Alberto Fernández deberá gobernar durante un año y medio más. ¿En qué condiciones? Las más difíciles. Hace rato que parte de su gabinete ha empezado a cuestionarlo y, peor, a dar definitivamente por descontado que no revertirá la situación económica. Tal vez Ishii, el único intendente que, contra las órdenes de Máximo Kirchner, se atrevió a autorizar internas en septiembre, sea la excepción del caso. Al menos lo disimula bien: Alberto Fernández se siente en José C. Paz apuntalado casi como en ningún otro distrito. Tanto, que cada vez que pone un pie en el municipio insinúa que irá por la reelección. “En este primer mandato que tengo…”, se entusiasmó el 8 de marzo. La mayor parte de los peronistas no le tiene tanta fe. El que hasta ahora parecía más enérgico o convencido, Aníbal Fernández, propuso esa posibilidad durante la última gira presidencial y fue desmentido por el Presidente en 24 horas. “No me hagan defenderlo más”, dicen que se ofuscó después el ministro. En realidad la idea de otro período, que había sido planteada por el jefe del Estado en una entrevista con la televisión española, les venía ya sonando forzada a varios colaboradores. “Alberto, la gente quiere que le soluciones problemas, no que seas candidato”, le escribió entonces uno de ellos desde Buenos Aires por WhatsApp.

Cristina Kirchner contribuyó como casi nadie a este vaciamiento. Y no solo, como acaba de jactarse, mediante críticas “en on”: también ridiculizando en privado a funcionarios de la Casa Rosada. A Gustavo Beliz, por ejemplo. En agosto, un mes antes de las primarias, durante un acto virtual en que asistentes y oradores coincidían en la necesidad de consolidar la unidad del Frente de Todos, Alberto Fernández celebró además que las listas se hubieran cerrado “sin ningún ruido”. Beliz, que lo precedió en la palabra, lo había definido en un eslogan: “El sectarismo es el veneno de los movimientos populares”, dijo. La frase exasperó a Cristina Kirchner. ¿Hablaba de ella?, se preguntó más de uno. La expresidenta no estaba, pero, cuando leyó en los diarios “veneno”, le dedicó al secretario de Asuntos Estratégicos varias ironías. Entre ellas, que no hubiera cambiado sustancialmente de metáfora desde 1993, cuando se fue del gobierno de Menem porque lo consideraba un “nido de víboras”.

Es entendible que la obsesión de la líder del Frente de Todos sea ahora Guzmán. Primero, por lo más obvio: cuestionarlo en público es tomar distancia de una administración a la que le augura el fracaso. Hay intendentes del conurbano que observan una segunda razón: una eventual renuncia del ministro de Economía le daría al Gobierno la posibilidad de reasignar recursos en la próxima campaña electoral.

Por ahora Guzmán resiste. “A él no lo afecta tanto la ira de los dioses. Está como más templado, menos pendiente del pánico que otros funcionarios”, dijo La La Nación un empresario que lo acompañó el martes en el anuncio de las nuevas condiciones cambiarias para los petroleros. Es cierto que el ministro de Economía parece anímicamente menos vapuleado que casi todos sus pares. Ha cambiado hasta el tono de voz. Y acaba de tomar la renuncia de Feletti como un ensayo de autoridad propia: al menos dos semanas antes sabía que era bastante posible que el secretario no aceptara trabajar en el Palacio de Hacienda. Feletti exigió dos condiciones: la incorporación de más fiscalizadores para relevar precios y un aumento en las retenciones a las exportaciones. Como no se las aceptaron, renunció. Guzmán está convencido de que, cuando se terminen de aplicar las nuevas tarifas, algo parecido ocurrirá con el subsecretario Federico Basualdo y el interventor en el Enargas, Federico Bernal. Y por eso cree estar ante una oportunidad.

Sus problema son, en realidad, sus pobres resultados de gestión. Y la imagen que tienen del Gobierno quienes deberían estar pensando en invertir para acompañar la recuperación. Son ellos, los empresarios, los que primero desconfían del rumbo: además de descontrol macroeconómico, advierten intereses dispersos dentro del gabinete. Quienes hablan con Matías Kulfas, jefe de la cartera de Desarrollo Productivo, y Ariel Schale, secretario de Industria, dicen que los notan inquietos por la actividad económica, por los dólares para la producción y por la energía. Son temas propios de esa cartera. Pero, en cambio, cuando les plantean que la escasez de divisas los obligará a conseguirlas a una cotización más alta y que esas operaciones, sumadas a la compra de gas al nuevo precio, terminarán multiplicando los costos y recalentando la inflación, la respuesta que oyen es que en todo caso se trata de un problema de Guzmán.

“Está todo muy parcelado”, definen en el establishment económico. Por eso celebran al suponer que al menos el nuevo secretario de Comercio, Guillermo Hang, no está pensando en cascotear el trabajo de Guzmán, su excompañero de facultad. Daniel Funes de Rioja, presidente de la Unión Industrial Argentina, acaba de pedirle una reunión. Deberá continuar con él una negociación que Feletti dejó inconclusa: adelantar un mes la renovación de Precios Cuidados porque la inflación los dejó muy alejados de los costos reales. Problemas reales que no se solucionan cambiando de secretario y que agravan la escasez de productos. Según les había dicho Feletti antes de irse, el abastecimiento en las góndolas cayó en los últimos días del 85 al 65 por ciento.

El otro descrédito, el de los propios peronistas, es todavía más dañino porque pone en juego la autoridad de quien debería conducir. “Alberto Fernández fue un error de todos y todas”, le dijo Alicia Castro a FM Delta. La exembajadora definió a Cristina Kirchner como una política “brillante”, pero cree que se equivocó al ungir al Presidente “a través de un tuit”. “La jefa” puede haberse confundido, pero sigue siendo en el Frente de Todos la dueña de los votos. Es lo que vuelven a recitar los intendentes del conurbano: que la realidad se les impone cuando recorren los barrios y vuelven a encontrarse con fotos de ella o de Néstor. ¿Qué pasaría en cambio si, por ejemplo, a La Cámpora se le ocurriera presentar candidatos propios en los distritos, se divide el voto y pierden en 2023? Lo peor para todos y todas. El costo más alto de una interna partidaria argentina consiste en volver al sector privado.

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