Cristina Fernández y el kirchnerismo creen estar en el ojo de una tormenta.

Cristina Fernández y el kirchnerismo creen estar en el ojo de una tormenta. Sin avizorar algún horizonte despejado. Existen dos razones para semejante preocupación. En primer término, la Justicia: allí permanecen varias de sus causas de corrupción; también, la investigación que la desvela sobre el fallido atentado del que fue víctima el primer día de septiembre.

En segundo lugar, figura la inflación que la indujo después de casi dos meses de silencio a realizar su primera advertencia pública a Sergio Massa. Según la vicepresidenta, el núcleo del problema sería la condescendencia del ministro y su equipo con las empresas de la industria alimentaria. La mayor incidencia en el índice de agosto (7%) fue producto de la ropa y los bienes y servicios. Se trata de un problema estructural.

Es conocida la tendencia de Cristina a observar la realidad con anteojeras. Cabe un interrogante: ¿por qué motivo irrumpió ahora con el alza de los precios cuyo último registro no ha sido precisamente el peor? Le preocupan muchísimo dos cosas. También a su hijo, el diputado Máximo Kirchner. El último informe del Indec sobre pobreza (36,5%) denuncia una brecha llamativa con el desempleo moderado (6,9%). Es decir, habría cantidad de personas que, aún con trabajo, viven en la pobreza. Precarización laboral, insuficiencia salarial e inflación que carcome los ingresos. Será difícil, de ese modo, pensar en un triunfo el 2023.

Lo llamativo, en este caso, es que algunas de las conductas anárquicas que pueden observarse son espoleadas por el propio kirchnerismo. Una de ellas, las tomas por parte de los alumnos de varios colegios en la Ciudad. Puede que existan las fallas edilicias y de alimentación que se argumentan. ¿Es la prepotencia el método adecuado para una solución? ¿O existen otras intenciones? ¿Cómo entender que algunas autoridades de los establecimientos educativos se hayan sumado con arengas politizadas a las protestas? ¿O pretendido exculparse al explicar públicamente que habían sido “notificados” por los alumnos sobre las ocupaciones? La pérdida del equilibrio imprescindible entre el ejercicio de la autoridad y la demanda no parece un rasgo saludable para el funcionamiento del sistema.

Rodríguez Larreta intenta siempre seleccionar a sus adversarios. Pactó manso con Pablo Moyano, el secretario díscolo de la Confederación General del Trabajo (CGT), indemnizaciones millonarias para los trabajadores de los camioneros por la estatización del sistema de acarreos en la Ciudad. Programó con su ministra de Educación, Soledad Acuña, enfrentar los retos escolares prometiendo una sanción económica para los padres de los alumnos que convalidan tomas. El manejo educativo, en especial a partir de la pandemia, constituyó una pulseada que el jefe porteño le supo ganar con claridad al kirchnerismo. De allí su tentación de aprovechar el conflicto. Con una fórmula –el presunto castigo a los padres—que encerraría de verdad más humo que fuego.

Donde el Gobierno está presente tampoco le va de maravillas. Una zona neural de la Ciudad fue de nuevo sitiada por los acampes de las organizaciones sociales. El ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, no sabe qué hacer porque la tijera del ministro de Economía le impide satisfacer el reclamo de nuevos planes. Se trata de un punto muerto que el poder es impotente para transformar. Hay un agotamiento del relato y el mecanismo. Hace más de un año que se repite que se cambiará la ayuda por trabajo. El ciclo de Zabaleta está concluido. Antes o después regresará a Hurlingham.

Gabriel Rubinstein volvió a manipular una daga cuando replicó las demandas de Cristina. ¿Lo hizo sin el consentimiento de Massa? En el círculo del titular de Economía garantizan que así fue. Primero dijo que los márgenes de ganancias empresarias más altos que los normales (achaque que hace la vicepresidenta y repica el kirchnerismo) se mantendrán hasta que no logre ordenarse la macro-economía. Pidió entonces “volver a la macro” de los años 2003-05. Recordó que, entonces, el superávit primario era el 3% del PBI, había superávit externo, dólar único, inflación de 5% anual sin control de precios y 40 mil millones de reservas netas en el Banco Central.

La enumeración económica no debería ocultar el trasfondo político. Rubinstein reivindicó los dos primeros años de gestión de Néstor Kirchner. Coincidentes con la presencia de Roberto Lavagna. Ignoró los mandatos de Cristina. Afrenta que el kirchnerismo no sería capaz de tolerar. Esa disputa, con las dificultades que se avecinan, difícilmente deje de escalar.

El interrogante es saber si ese proceso convergerá con el progreso de las causas judiciales de Cristina. Ella y su equipo tienen una prioridad: lograr que se demuestre que el atentado fallido del que resultó víctima posee terminales políticas y financieras de envergadura. No alcanza con los responsables y detenidos hasta hoy para cerrar el círculo de su relato. Consiste en demostrar que el juicio por la obra pública y otras causas de corrupción se enmarcan junto al atentado en la búsqueda literal de su destrucción.

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