Cristina aprovechó la situación y salió a apuntar contra Guzmán y a apuntalar al Presidente, en la misma jugada.

La renuncia “intempestiva” de Martín Guzmán fue la excusa más poderosa que Cristina Fernández de Kirchner encontró para enviar, desde las temperaturas bajo cero de esta ciudad, una señal pública de deshielo al presidente Alberto Fernández en la compleja interna del Frente de Todos (FdT), que transita su nueva fase de diálogo.

En medio del tembladeral, la elección quedó servida. No existe ya ningún actor de peso en el oficialismo que defienda a Guzmán. El último que quedaba, Fernández, fue quien terminó padeciendo las consecuencias más duras de su renuncia. El Presidente se vio obligado a retomar el diálogo con Cristina y a poner sobre la mesa de discusión el funcionamiento de su propio gobierno frente a la vicepresidenta y a Sergio Massa, los dos socios que empujaban la salida del exministro. Cristina aprovechó la situación y salió a apuntar contra Guzmán y a apuntalar al Presidente, en la misma jugada.

“Me parece un gesto de inmensa ingratitud personal hacia el propio Presidente. Yo no oculto las diferencias. Este presidente había bancado a ese ministro de Economía como a nadie, enfrentándose inclusive con sus propias fuerzas de la coalición. ¿Se merecía eso?”, dijo Cristina sobre la renuncia, que calificó como un gesto de “irresponsabilidad política” y un acto de “desestabilización institucional”.

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El discurso de Máximo Kirchner, el jueves, había preanunciado la línea política. Desde Garín, el presidente del PJ Bonaerense también cargó contra Guzmán y evitó cualquier otro cuestionamiento al Gobierno, aunque señaló a quienes “se abrazaron” al exministro y “los dejó tirados”. No cabe duda de que quien más sostuvo a Guzmán fue Fernández, pero en el camporismo juran que el Presidente no fue el objeto del señalamiento de Kirchner.

Aun así, fue la señal de que la tregua estaba en marcha, detrás del chivo expiatorio que les sirve a Todos para avanzar en un diálogo que llevaba meses cortado, entre otras cosas, por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que selló el propio Guzmán.

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En plena fase de diálogo, Cristina evitó profundizar sobre otros temas que también cuestiona. Amagó con volver a poner sobre la mesa de debate el tema de los planes sociales. Ya es público que la vicepresidenta tiene a las organizaciones sociales en la mira, en particular al Movimiento Evita, hasta ahora sostén político del primer mandatario. La vicepresidenta sobrevoló la problemática, pero evitó profundizar.

“Aprovechando que está acá esta mujercita Alicia Kirchner, quería tocar un tema que he venido tocando en mis últimas intervenciones. No voy a revolear a ningún ministro, quédense tranquilos”, dijo Cristina antes de señalar, como en otra oportunidad, la cantidad de planes sociales que recibió el gobierno de Néstor Kirchner, en 2003, y los que dejó ella misma, en 2015. Dijo que quedaban “apenas el 10%” de los dos millones de titulares de planes iniciales, gracias a la recuperación económica y la generación de puestos de trabajo.

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Fue apenas una mención, más destinada a dedicarle un elogio a su cuñada, la gobernadora de Santa Cruz, que a meterse en una nueva discusión. La vicepresidenta había preparado cuadros con datos sobre obras y capacitación, pero evitó profundizar en eso durante el discurso. Los publicó después en su cuenta de Twitter. En el ministerio que conduce Juan Zabaleta hubo alivio.

Cristina tampoco apuntó contra los otros blancos que tiene en el Gobierno, como el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, y hasta sorprendió con sus elogios al plan PreViaje, que impulsó Matías Lammens. Le dejó, sin embargo, tarea para el hogar: que en la próxima edición del programa convoque a las cámaras empresarias para hacer un acuerdo de precios y evitar, así, que el sector privado se aproveche de la inversión del Estado para aumentar sus márgenes de ganancia. “Es simple. Es cuestión de sentarse a pensar”, dijo. Al ministro del Interior, Eduardo de Pedro, le dedicó elogios por el discurso que dio el jueves frente a empresarios, en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp). ¿Un empujón a su posible candidatura?

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En términos de balance, igual, el FdT terminó siendo ganador. Cómoda, en su “lugar en el mundo”, Cristina habló, paradójicamente, mucho menos que en otras ocasiones. Fueron cuarenta minutos de discurso y apenas unos saludos fugaces al puñado de militantes que esperaba en la puerta del cine teatro municipal, que quedó inaugurado con su presencia. Estuvieron, también, la gobernadora Kirchner y el intendente Javier Belloni.

La sala tiene capacidad para 350 personas y las butacas estuvieron completamente ocupadas. La ciudad, que tiene cerca de 20 mil habitantes, se revolucionó con la llegada del primer cine. Los antiguos pobladores y los alumnos de las escuelas locales fueron los primeros anotados en la lista de asistentes.

Afuera, el frío no dio tregua. El jueves, El Calafate fue la ciudad más fría del país. La temperatura llegó a -11 grados y hubo fuertes nevadas. La ciudad amaneció con -3 grados y varias calles bloqueadas a causa de la acumulación de nieve.

Tras el acto en el cine, Cristina se trasladó a su residencia. Más tarde tenía previsto encontrarse con su cuñada, la gobernadora. El sábado, verá desde su casa el discurso del Presidente en Tucumán. Volverá a Buenos Aires el domingo. Después de los movimientos de la semana y los discursos conciliatorios, cree que la casa estará más en orden.

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