Los crímenes de los padres los pagan los hijos. Los salvados, los que testimonian, saben de su deuda, usan su boca con el respeto que el Abismo merece.

Los nervios son la señal de que se es humano: un mamífero que en un momento de su vida se da cuenta de que un día no estará más . Eso lo separa de sí para siempre (salvo en circunstancias maníacas, narcóticas o egóticas). A veces los niños hacen preguntas que generan extrañamiento en los adultos, quienes ya olvidaron que, en realidad, sobre lo esencial, no saben nada. Nabokov dice que la conciencia de muerte le llegó cuando tuvo un episodio de cronofobia (vio una película casera de antes de su nacimiento: vio el mundo sin él). Escribió: la cuna se mece sobre el abismo.

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No obstante muchos digan hoy (con justa razón) -contra del humanismo- que el ser humano no es distinto de las otras especies; no lo creo. Un dinosaurio, una rosa, una jirafa o una mascota humanizada no tienen Abismo . Si la crítica es que no somos superiores, podemos estar de acuerdo: somos más inteligentes pero también más suicidas, una cosa anula a la otra, así que les daremos el punto a los críticos; pero lo que no tranzaremos es la idea de que nuestra diferencia -¿trágica?– es que sobre nuestros fundamentos no sabemos nada, las otras especies tampoco, pero nosotros sabemos que no lo sabemos. ¿De dónde venimos? Somos animales huérfanos, que inventan orígenes para no flotar tanto. Hay quienes son capaces de escuchar ese silencio, otros hacen ruido para no saber nada de eso, como sea, sobre lo que cada quien hace con lo imposible no es pertinente andar opinando.

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Si la crítica es que no somos superiores, podemos estar de acuerdo: somos más inteligentes pero también más suicidas

Cuando se le preguntó a I.C. de qué se trata su historia, dijo que de las neurosis (quien escribe acá nunca pudo definir de modo escueto qué significa esa palabra. Sabe que algo tiene que ver con los nervios y el Abismo, ese que no tienen las jirafas ni las mascotas humanizadas). Se interroga a I.C.: ¿qué es una neurosis?

Su boca escribe en el aire: sentirse mal sin estar enferma .

Una hermana miró a la otra y le dijo que estaba inflamada. La segunda hermana, a quien llamaremos C.G. no lo podía creer, habría preferido la palabra gorda . Ofensa corta, nítida, clásica. Pero luego descubrió que la mayor tenía razón, una experta en nutrición le dijo que hoy se habla de inflamación como un estado entre la salud y la enfermedad, y ella, estaba oficialmente inflamada. C.G. no tiene hambre en las mañanas, ama las mañanas y el café. Su problema, que no alcanza, según dice la experta, a ser una enfermedad, es por las tardes. Picotea, aunque sabe que “no se debe comer a deshora”, pero en su defensa diremos que hay demasiadas cosas que sabemos, pero que no entran. Hay verdades que son como zumbidos de mosca. Saber y escuchar no son lo mismo.

C.G. experimenta el Abismo de distintas formas am que pm. En las mañanas es liviana. Cada mañana es la esperanza. Cuando el sol se ubica en su punto más alto, la perspectiva cambia y las cosas aparecen como verdades groseras, sin sombra ni variaciones. Un desierto de aburrimiento latigudo (¿el oasis es el horror?). La tarde, cuando aún faltan varias horas para el atardecer, se le vuelve un estado en que algo acaba, pero nada empieza; queda suspendida entre un mundo y otro, como esos tiempos en que salen cosas inflamadas como los monstruos y los fascismos.

Occidente de posguerra se llenó de cosas, y ¿qué más se quiere cuando se quieren cosas?

En este caso, su terrorismo oral (suena parecido a fanatismo moral. No es casualidad). Se siente a ratos como una delincuente menor, mediocre. Comer así, sin hambre, con una boca aburrida, nihilista, ni saludable ni enferma, hace de su boca una que no salva nada, solo repite un picoteo ratonil, compulsivo; como esas personas a quienes no les sale nada nuevo de la boca, no se nutren ni nutren a nadie. Pequeñas adicciones para pasar la tarde … una tarde como un zumbido que viene de adentro. Las tardes no son decepción sino un aburrimiento grave. Es hablar como si se hablara. Una sociabilidad para desertar. Como como un animal neurotizado, que se come su caca. Un animal que pierde su belleza.

Siglos de aburrimiento fueron profetizados tras la colonización de la sociedad de consumo. Occidente de posguerra se llenó de cosas, y ¿qué más se quiere cuando se quieren cosas? Más cosas: zapatillas, sexo, deporte aventura, agrandar la bebida. Da igual. Pero el aburrimiento no cesa con el vicio. ¿Será entonces que la sacudida del horror podría ser una respuesta adecuada al aburrimiento mórbido? Es posible. Aunque también lo es que el horror quede deshorrorizado, y que su cotidianidad no genere ningún efecto más que un diagnóstico de inflamación, cuyo tratamiento no pase de un cambio de dieta.

Esvástica. El antiguo signo solar volvió como horror.

Hay ruiditos que comienzan despacito, que nadie sabe bien como pasan de ser unos balbuceos, unos gruñidos sueltos, a transformarse en un delirio; que, como todo delirio, es un argumento perfecto. Una Verdad. Lo que comenzó años antes del asesinato, fue la revitalización de un nacionalismo romántico nacido como resistencia a las guerras napoleónicas del siglo XIX : el Völkisch. Una especie de religioncilla que se resistía a los valores de la modernidad, que tomó impulso tras la ruina económica y moral de la Alemania post Primera Guerra.

La inflación, la deuda, un duelo inacabado, pueden ser motores de una rumiación tanática. Pero cobró peligrosidad cuando pasó de ser un coqueteo de quienes se sentían más amenazados por el capitalismo moderno, artesanos y pequeños comerciantes –no la clase obrera industrial, que en su organización marxista, era moderna e internacionalista– a expandirse a las clases medias y los círculos intelectuales. La locura se vuelve catástrofe cuando se le ponen razones. No olvidar: los promotores de la caza de brujas fueron los eruditos y juristas de la época. Algunos grupos tomaron el antiguo símbolo solar, la esvástica y resurgió la vieja costumbre de celebrar el solsticio. Los grupos racistas y esotéricos se multiplicaron, entre ellos la Liga Cultural por la política, los que además presentaban un particular fanatismo por un nuevo tipo de pan integral.

El pecado de Rathenau no era solo ser judío (aunque él se consideraba, en primer lugar, alemán) sino que opinaba que su país debía pagar la deuda estipulada en los tratados de post guerra .

La carne humana es triste. Y lo es porque desea. Condenados como especie a buscar siempre, siempre insatisfechos . En el Tíbet dicen que el alma humana es como el camello: cuando lo quieren guiar, tira en diez direcciones distintas, pero cuando lo dejan en paz, ni siquiera se mueve. La lógica del espíritu es paradójica, porque la lógica de la existencia es paradójica, hecha de verdades parciales, transitorias.

Pero es justamente ese desajuste lo que permite otras locuras interesantes: no se sabe cómo ni para qué, pero el animal de Abismo usa palabras como promesas, contrae deudas con las palabras. También las puede usar para esa locura que es el perdón, justamente de lo imperdonable (el único perdón). Y algo más. Hay una cualidad asombrosa que a veces toman las palabras: cambia la cualidad de lo que toca y, por ejemplo, puede traer a un cuerpo a la comunidad humana.

Una última locura (cosas que la boca puede hacer: poner un nombre):

En 2003 Aurora -quien aún no se llamaba así, en rigor, no se llamaba- fue arrojada en el vertedero Lagunitas de Puerto Montt. Era una recién nacida y no se sabe si alcanzó a respirar, por lo tanto, jurídicamente, no se podía considerar persona. Su segundo destino, tras ser hallada, sería terminar otra vez en la basura. Bernarda Gallardo escuchó la noticia y se le vino algo al cuerpo. Se le ocurrió dar una pelea burocrática para que esa criatura tuviera un nombre y un funeral. No paró ahí. Lo hizo varias veces más. Son sus hijos póstumos dijo.

La compasión no se puede enseñar como se enseñan las matemáticas. Acá no hay pedagogía, sino testimonio. Que, como todo testimonio, no es sobre ella –Bernarda- sino de los ausentes, por los que no pueden dar testimonio y paradójicamente, son ellos, los hundidos, antes que los salvados, lo únicos que saben que ser humano no es algo garantizado por la especie. Los salvados, los que testimonian, saben de su deuda, usan su boca con el respeto que el Abismo merece.

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